Archivo por meses: diciembre 2013

Pétalos de luna (Nochevieja de 2000)

Se despidieron a las ocho y veinte de la mañana. Él se marchaba a Jaca a pasar la Nochevieja con dos amigos. Habían alquilado un apartamento. Ella celebraría el fin de año con los suyos —entre ellos, yo— en Zaragoza.
—No va a pasar la noche con ella —recuerdo que me dijo cuando me llamó cerca de las tres de la tarde para quedar esa noche. Y supe así que seguía enamorada.

Nos reunimos para cenar una treintena de amigos y nos habían puesto las sillas muy apretadas para aprovechar el sitio, pues había unas cuantas pandillas más en el mismo restaurante. Era difícil moverse de la mesa una vez que habías conseguido tomar asiento, y también lo era saber qué copa era de cada quién y qué cubierto estaba dispuesto para cada cual. Noelia encajó su móvil en el escaso espacio que había entre sus copas y las mías. Todavía no habíamos acabado de acomodarnos todos cuando sonó. En la pantalla leyó un número que no estaba en su agenda. Respondió y se le encendió la cara. ¡Era Héctor! Mientras hablaba se levantó, cruzó el restaurante sorteando la multitud y salió a la calle. La veía cada vez que alguien abría la puerta para entrar o salir, a veces de espaldas, otras de perfil mirando al cielo, siempre sonriendo. Cuando volvió estaba exultante.

—Me ha dicho que no ha dejado de pensar en mí en todo el día y que me está echando mucho de menos —me contaba mientras pelaba las gambas con el cuchillo y el tenedor—. Me ha llamado desde una cabina. ¿Tú sabes si las cabinas tienen un número con prefijo?
—Supongo, no sé.
—Es un 947, ¿sabes de qué provincia es ese prefijo?
—De Huesca, no. Si está en Jaca, es un 974.

El teléfono sonó de nuevo.
—¡El mismo número! —exclamó mientras se levantaba y lo cogía.

Regresó como si las estrellas le hubieran regalado sus destellos en esa noche tan especial. Traía las manos heladas y la cara ardiendo.

—Dice que han acabado de cenar y que, mientras sus amigos preparan las uvas, él ha bajado a la cabina a llamarme otra vez. Quería saber con quién estoy, si lo echo de menos. ¡Ay, Clara, está enamoradísimo de mí! Me dijiste que su novia era de un pueblo de Burgos, ¿no? No me extrañaría nada que estuviese pasando allí la Nochevieja. Igual está en su casa y con su familia y se está dando cuenta por fin de que a quien quiere es a mí.

Héctor volvió a llamarla inmediatamente después de las campanadas. Y después, cada hora, hasta la madrugada, aquel 947 iluminaba la pantalla del móvil de Noelia. A ella no le importaba la mentira sobre el lugar, ¿qué interés tenía ese pequeño detalle salvo para hacerle más evidente que la amaba de veras? Si estaba con su novia y la llamaba a ella a cada rato era porque su corazón no estaba con él. ¿Qué necesidad tenía de engañarla si no era porque la quería, porque prefería su amor, porque había decidido que sería esa su última mentira? Esa ansiedad, esa necesidad de ella que él manifestaba en sus reiteradas llamadas, era para Noelia un signo claro de que la amaba, de que no podía vivir sin ella. La mentira confirmaba que no quería que supiera que estaba con Inés.
Antes de acostarse, Noelia comprobó que, efectivamente, el 947 era el prefijo de Burgos, que el número desde el cual Héctor la llamaba era casi el mismo que el del ayuntamiento del pueblo donde vivía la familia de Inés, solo cambiaba la última cifra, y que era, en efecto, el de una cabina telefónica. Se desmaquilló y se acostó satisfecha, enamorada y feliz.
A las ocho de la tarde de ese mismo día, cuando él la llamó al teléfono de su casa, ella le preguntó si había llovido en Jaca y él no supo qué responder.
(“Pétalos de luna“)

Pétalos del luna

26 de diciembre. Sol de invierno.

Sol de invierno
Tarde azul
El paisaje brilla
Los campos ya verdean.

Los motores del viento
truenan entre las piedras.
Los encinares viejos
roncan mientras sestean.

Los olivares tiemblan.

Y la humilde caseta
de mallacanes de oro,
la de la puerta vieja
de madera gris plata
y visera de cañas,
tiende su sombra al norte
y dibuja la ele de Laluenga
para que los aviones
mullidos y regordetes
que en el cielo planean
acaricien su tierra lisonjera.

Veintiséis de diciembre
sol de invierno.

Laluweb

Feliz Navidad y feliz 2014

Este es para mí quizá el momento de mayor felicidad de este 2013. La foto la hizo Fran Navarro durante la presentación de “Pétalos de luna“. Un momento fruto de mucho trabajo, esfuerzo, perseverancia, compromiso, deseos de servir y de ayudar, de compartir, de dar lo mejor de mí. Un momento lleno de gratitud, de satisfacción, de alegría, de risas, de excelente compañía, de ilusión y de sueños.

Cada uno de vosotros sois un motivo de esa felicidad; cada Me gusta y cada comentario vuestro. Gracias. Muchas gracias de todo corazón.

Os deseo Feliz Navidad y un año 2014 lleno de momentos tan emocionantes como el que la memoria me trae al ver esta imagen.

En la presentación de "Pétalos de luna" en Madrid el 30 de abril de 2013.

En la presentación de “Pétalos de luna” en Madrid el 30 de abril de 2013.

Cooperar para hacer frente a la deshumanización

El paro es un monstruo de muchas cabezas: la del miedo, la de la pobreza, la de la desesperanza, la de la tristeza, la del dolor, la del abandono, la de la soledad… A cada uno se le van presentando unas y otras en sucesivas fases, cada cual más horrenda que la anterior. Quienes nunca han tenido esta experiencia son, en su mayoría, incapaces de comprender. Los hay que siguen pensando que quien quiere trabajar trabaja. ¡Ay, qué poco conocen estos tiempos! ¡Y qué poco saben de humanidad! Y los hay que experimentan una suerte de regocijo al ver a los que han caído porque, al mirar al compañero parado se sienten “superiores”: ellos son mejores, no los han despedido, incluso quizá les hayan dado algún cargo mejor.  Sin embargo, nadie es superior a nadie excepto por la bondad. Y la bondad está lejos de quien no es capaz de comprender el dolor del otro e intentar ponerle remedio.

En estos días no puedo evitar acordarme de las palabras de un político en un acto de la Navidad de 2010. “Lo peor ha pasado ya -dijo muy ufano-. La crisis ha terminado y este año recuperaremos la bonanza económica”. ¿Qué les parece? Un lince, ¿no?

En verano de 2011 me quedé en paro y padecí los duros embates de la ausencia: ausencia de horarios, de obligaciones laborales, de compañeros, de llamadas… Advertí con horror que ni mis conocimientos ni mi experiencia eran necesarios para nadie. Como me decía esta semana mi compañera y amiga Elena, cualquier ventaja de este talante, lejos de abrir puertas, las cierra, puesto que muchos de quienes todavía conservan sus puestos nos miran a los “freelances”, “autónomos”, “emprendedores”… (llámese como se quiera) como una amenaza y, según Elena, nuestra preparación y nuestras habilidades sociales son inversamente proporcionales a las posibilidades que tenemos de que cuenten con nosotros. A más torpes, más posibilidades.

En 2011 llamé a muchas puertas. A dos de ellas con más ímpetu. Una rechazó de plano mi propuesta después de dos meses de haberme hecho albergar esperanzas; la otra la aceptó y sigo trabajando con ella. La admiro, la respeto y me siento inmensamente privilegiada por trabajar para ella. En cuanto a la primera, que en una de aquellas conversaciones que tuvimos me contó que tenía un puesto fijo, la han despedido en estos días.

He visto (y sigo viendo) caer muchas torres desde hace dos años y medio. También cayó aquel augur que con tanta solemnidad habló en la Navidad de 2010. Me admira la rapidez con que los que miraban hacia abajo han tenido que aprender a mirar hacia arriba. Algunos ni siquiera han aprendido a mirar. Quienes nunca cogían el teléfono ahora esperan desesperadamente que alguien les llame.

En una sola semana han imputado a dos personas que, en diferentes momentos de mi vida, me han dejado sin trabajo; uno, para poner en mi puesto a su novia (otro día lo contaré). Cuando he leído las noticias de las dos imputaciones he pensado que aunque las personas no somos justas, el mundo muchas veces lo es.

Solo en esta semana he recibido la noticia de tres compañeros que se han quedado en paro.  ¿Qué podemos hacer para que cese ya esta sangría? Visto que no podemos confiar en el sistema, que no siente, que no comprende… Bastante trabajo tiene ya con buscar dónde esconder el dinero que se han llevado y con convencer o distraer a la justicia… y a la sociedad. ¡Como si no conociéramos los que trabajamos en Comunicación cómo funcionan esas estrategias de distracción, las preferidas por los malos profesionales!

Visto, como decía, que no podemos confiar en un sistema que nos anula y que nos roba, habremos de poner todos cartas en el asunto y cooperar. Tomar conciencia de que el cambio es lo único seguro; que quien hoy está arriba mañana estará abajo y viceversa, y que, por tanto, es bastante ridículo mirar por encima del hombro a quien hoy no trabaja o a quien ocupa un puesto inferior, porque mañana nuestras posiciones habrán cambiado.

Quien ayuda, quien coopera, tiene más posibilidades de prosperar porque se abre también a la ayuda que el otro le proporciona, porque se gana la gratitud, el respeto y el cariño de los otros (lo cual de por sí ya tiene bastante valor); pero, sobre todo, porque la calidad de la persona no se la confiere el puesto que ocupa en la sociedad, sino su manera de estar en el mundo, su generosidad, su humanidad, su libertad, su humildad, su sabiduría y, en definitiva, su bondad, que es el compendio de todo esto.

La responsabilidad en la toma de decisiones pasa por tener en cuenta a los otros. En no olvidar que tan importante como el “yo” es el “tú”.

“Un placer hacer equipo”,  escribía en Twitter Nerea Vadillo en respuesta a la foto que acababa de publicar Elena Torres y que nos hicimos en la cena de Navidad de Dircom. Me gustó mucho esa respuesta: sin equipo, nos quedamos todos como simples espectadores de una obra dramática chabacana y grotesca.  Un placer disfrutar de la compañía y de la conversación de personas tan encantadoras como Elena y Nerea. Y también de Vanessa, aunque no salga en la foto.

“Un placer hacer equipo”, escribía en Twitter Nerea Vadillo en respuesta a la foto que acababa de publicar Elena Torres y que nos hicimos en la cena de Navidad de Dircom. Me gustó mucho esa respuesta: sin equipo, nos quedamos todos como simples espectadores de una obra dramática chabacana y grotesca. Un placer disfrutar de la compañía y de la conversación de personas tan encantadoras como Elena y Nerea. Y también de Vanessa, aunque no salga en la foto.

Vivir en el mundo como entre amigos

Todos queremos un mundo mejor, un mundo sin guerras, sin hambre, sin enfermedades. Confiamos en la ciencia y en el progreso para que se produzcan los cambios que anhelamos; sin embargo, esa transformación solo se dará cuando cada uno de nosotros miremos a nuestro interior y decidamos sacar lo mejor para darlo a los demás. 

Estar en el mundo como cuando estamos en casa. Vivir con todas las personas como vivimos con los nuestros, con nuestra familia, con nuestros amigos. Comunicar: hacer partícipes a los demás de lo que tenemos, de lo que somos (no lo que queremos aparentar), conversar, establecer medios de acceso entre personas, unir…

Los días en que uno comunica, los días en que uno está rodeado de personas a las que quiere y por quienes siente querido son los mejores días del año. ¿Qué nos impide comunicarnos? Ojalá viviésemos así todos los días.

En casa de Mari Carmen y José Luis, en Calamocha. Con los amigos.

En casa de Mari Carmen y José Luis, en Calamocha, en el mundo. De pie: Javi, Miguel Sánchez, Juan Carlos Meler, José Luis Jiménez, Mayte Roy, Luis Alegre, Andrés Cuartero, Pepe Melero y José Luis Campos. Sentados: Antón Castro, Mari Carmen Layunta, Miguel Mena, Ángel Artal, Mariano Gistaín, Pilar Clau, Loli Torrecilla y David Trueba.

 

Con David Trueba

Con David Trueba

Foto de Miguel Mena

Foto de Miguel Mena

 

“Todo parece imposible hasta que se hace” (Nelson Mandela)

Las conquistas, los logros, las grandes ambiciones, solo tienen valor si contribuyen al bien común. Los gigantes de la historia son hombres de marcado carácter cuyos méritos y triunfos sobrevivirán a su época y a todas las épocas porque su historia es nuestra historia. Gracias, Nelson Mandela.

INVICTUS - William Ernest Henley (Long John Silver)

Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

(“Invictus” es el poema que Nelson Mandela se recitaba a sí mismo cuando llegaban los momentos peores a lo largo de su terrible cautiverio en prisiones sudafricanas por su lucha contra el racismo y el apartheid)

Comunicar para crecer

“Qué tal si deliramos por un ratito / Qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible…” Eduardo Galeano

La comunicación es una potente herramienta de transformación social. Mientras la malempleemos para dar pábulo a un mundo sin alma y sin valores, a un mundo superficial, ímprobo e injusto, estaremos desaprovechando el instrumento más útil que tiene la humanidad para adivinar otro mundo posible.

“Los responsables de comunicación hemos estado alimentando a muchos vampiros, construyendo empresas sin alma. No hemos trabajado el carácter sino la notoriedad”, dijo el presidente de Dircom, José Manuel Velasco, esta semana en Zaragoza. ¡Cuánto me gustó oír esto! Por supuesto, no quiero decir que me guste que así sea, sino que alguien lo diga por fin en voz alta. Así es, no hemos trabajado el carácter, sino la notoriedad.

Más interesados por la apariencia que por la verdad, no nos hemos conformado con descuidar esta última, que habría sido ya bastante grave, sino que la hemos denigrado hasta convertirla en un estorbo, y en muchos casos hemos denominado “comunicación” a un aparato de inventar y contar mentiras.

La falsedad, la deslealtad, la desconsideración… parecen a algunos mucho más efectivas que la integridad, la coherencia, la responsabilidad o el respeto. Lo primero es útil para la acción y lo segundo, única y exclusivamente, para el discurso. He oído a algún director de comunicación hacer gala de su carencia de valores y he visto a sus secuaces hacerle la ola por ese motivo.

Hablar de valores está de moda, pero tenerlos ha sido (ojalá no lo sea ya), hasta hace muy poco tiempo, anticuado, poco progre.

La comunicación y la comida son derechos humanos, decía Eduardo Galeano en el mismo poema que he citado más arriba, pero esta comunicación a la que todos tenemos derecho lleva en su esencia principios como: verdad (sin verdad no hay confianza y la falta de confianza destruye la comunicación), coherencia, responsabilidad y respeto.  Un director de comunicación ha de tener estos valores e impulsar en su organización y en el contexto en el que comunica un comportamiento acorde con esos principios, un alma.

Llevamos en cada uno de nosotros la semilla para mejorar el mundo. Hacerla crecer es vital para la felicidad individual y colectiva. Tener valores y vivir de acuerdo con ellos crea una sensación reconfortante de paz y de confianza a uno mismo, al entorno inmediato, a la sociedad en general y a sociedades futuras.

También esta semana, contaba el delegado de Aragón Exterior en Kazajistán, Karlos Landeta, que los kazajos no cierran nunca un acuerdo si de él no se deriva la ganancia para todas las partes. Saben que, si el otro pierde, no volverá a hacer negocios con ellos.

La mentira, la improbidad y la injusticia podrán servir (a corto plazo) a la notoriedad, pero nunca al carácter. Si nos dejamos arrastrar por el impulso de ganar a corto plazo estaremos perdiendo la oportunidad de inventar y de vivir otro mundo posible.

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