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Antón Castro, un género literario indispensable

Si Esteban, el hijo de Sabela, hubiera nacido en Macondo, habrían sido más de cien los años de soledad. Porque después de leer y aprender El Libro Rojo, Esteban era “capaz de arreglar las mayores catástrofes, de curar las más punzantes y dolorosas heridas y de vivir las aventuras más increíbles”. Nada había imposible para él. Sin embargo, este niño de pelo rubio que “empezó a andar antes de los ocho meses y aprendió a hablar de inmediato y pronunciando con mucha perfección la erre” nació en Baladouro y es esta aldea la que se propone salvar de la feroz tormenta que amenaza con sumergirla para siempre.

La aventura de Esteban alcanza un sentido superior al conocer que el mal que amenaza a Baladoruo fue el mismo que acabó con otras ciudades legendarias y fruto del castigo de los nubeiros a un rey que fue injusto, cruel y desagradecido.

La lectura de “La leyenda de la ciudad sumergida” me ha hecho creer que estaba ante la novela de García Márquez. Igual que en “Cien años de soledad”, en la obra de Antón Castro las creaciones imaginarias compiten de igual a igual con la realidad; lo imaginario tiene el mismo afán arrollador que lo real, y ambas dimensiones adquieren una misma naturaleza narrativa con la que el autor crea un mundo de extraordinaria riqueza.

Animales, personajes mágicos, seres del más allá, mitos y misterios, fantasía en medio de la cual el niño de Baladouro, a lomos de Pindusa, la yegua parda que es capaz de hablar con la gente y no le tIene miedo al vendaval, y de la inabarcable imaginación y excelente narrativa de Antón Castro, se convierte en héroe de esta epopeya en prosa.

Dijo José Domingo Dueñas en la presentación de “La leyenda de la ciudad sumergida” en la Librería Anónima de Huesca que Antón Castro es en sí un género literario. Y yo añado que Antón Castro es un género literario indispensable. Tal vez porque su amorosa mano otorga a su obra un brillo excepcional. “La leyenda de la ciudad sumergida” es el verdadero cuento de un narrador.

La obra, editada por ediciones Nalvay, está maravillosamente ilustrada por el artista Javi Hernández.

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Mis padres

Cuando mis hermanos y yo éramos niños, ellos colaboraban con los Reyes Magos para que no nos faltara ningún juguete de los que pedíamos. Los recogían de ese mismo balcón al que se asoman en la foto y los llevaban al pasillo de nuestras habitaciones para que nosotros no pasáramos frío.

Gracias por esos inolvidables días de Reyes llenos de emoción.

Gracias por esos juguetes y gracias por todo lo que nos seguís regalando. Gracias por ser para nosotros un ejemplo de honradez, de responsabilidad, de respeto, de humildad, de caridad, de justicia, de valentía, de fe y de amor.

Gracias por seguir en casa esperándonos, reuniéndonos, acogiéndonos, cuidándonos.

Gracias por respetarnos y por intentar comprendernos.

Os amo

(Mi querido primo y amigo Toño Vicén me envió esta preciosa foto que me ha servido de excusa para escribir estas líneas. Gracias, Toño)

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