Archivo de la categoría: Laluenga

Yaya Concha, mi madrina

El día de la Inmaculada era su día, y lo será siempre para todos los que en este día nos reuníamos en torno a ella: hijos, nietos, sobrinos, cuñados, consuegros… Recuerdo su casa llena de gente que llegaba a felicitarla. Las copas de vino y los vasos de refrescos sobre la mesa. ¡Y las almendras garrapiñadas! (Nadie las hace tan ricas como ella). Era un gozo ver a tanta familia reunida. Unos hablaban de la siembra, otros de política, otros del vino y de las almendras, otros de los abrigos que estrenaban o de la película que vieron ayer… Y a ella no se le escapaba nada: nos observaba, nos escuchaba, nos amaba.

Era ejemplo y maestra para todos. Y su recuerdo sigue guiándonos.
Era señora de sí misma; seria, juiciosa, inteligente y diligente. Obraba siempre con rectitud y con prudencia.
Tenía genio e ingenio, entereza, buen gusto.
Tenía el arte de la conversación y encontraba siempre lo mejor de los demás.
Se tomaba la vida muy en serio.
Le interesaba la ciencia, la política, la literatura, la educación, el teatro, el cine, los medios de comunicación, la moda…

Nada ni nadie le era indiferente.

Fuente de magnanimidad y de generosidad,
poseía el don de la sabiduría, el don de la caridad y el don de la preocupación.

De los tres, yo he heredado el último.

Ojalá me pareciese más a ti, yaya.

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Siembra y comunicación

“Hay un tiempo para todo y todo lo que sucede debajo del sol tiene su momento”. Tiempo de sembrar y tiempo de recoger. Tiempo de escuchar y tiempo de hablar. Tiempo de leer y tiempo de escribir. Todo es hermoso en su tiempo y todo tiene su beneficio.

Ha sido este un esmerado tiempo de siembra, de escucha, de lectura y de silencio. Por eso no he escrito mucho aquí. La comunicación también exige silencio, observación y reflexión.

He aprendido (y aprendo) de la agricultura (tengo la fortuna de tenerla muy próxima) las mejores lecciones; las más elementales y las más sublimes. La agricultura contiene la esencia de toda la sabiduría. Es un estímulo para mí observar el trabajo del agricultor. Cuando siembra, va al campo antes de que salga el sol y no regresa hasta que la bóveda celeste muestra con precisión cada una de las estrellas.

El esfuerzo, la calidad de la semilla, las condiciones de la tierra que la recibe, el tiempo, etc. son las claves de una buena siembra. Después se ha de esperar unos meses para recoger aquello que ha sembrado.

Con la comunicación sucede algo semejante: el esfuerzo del emisior, la calidad del mensaje, las condiciones del receptor o receptores, el canal, el momento… Todo ha de ser cuidadosamente elegido. Y, como sucede con la siembra, también es necesario un tiempo de espera para recoger los frutos.

 Aquí estaré para compartirlos con todos.

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GRACIAS, EVA

El primer día más importante de mi vida fue un 31 de marzo, el día que nació mi hermana.

Mis hermanos son yo misma. Yo soy ellos.
No igual que yo (ellos son mucho mejores), sino yo.
No una parte de mí, sino yo.
No una prolongación de mí, sino yo.
Y yo, ellos.

Somos la misma sustancia, la misma sangre, el mismo misterio.

Somos el mismo amor que ama al otro igual que a sí mismo, que es también el otro.

FELICIDADES, EVA, MI AMOR
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Mis padres

Cuando mis hermanos y yo éramos niños, ellos colaboraban con los Reyes Magos para que no nos faltara ningún juguete de los que pedíamos. Los recogían de ese mismo balcón al que se asoman en la foto y los llevaban al pasillo de nuestras habitaciones para que nosotros no pasáramos frío.

Gracias por esos inolvidables días de Reyes llenos de emoción.

Gracias por esos juguetes y gracias por todo lo que nos seguís regalando. Gracias por ser para nosotros un ejemplo de honradez, de responsabilidad, de respeto, de humildad, de caridad, de justicia, de valentía, de fe y de amor.

Gracias por seguir en casa esperándonos, reuniéndonos, acogiéndonos, cuidándonos.

Gracias por respetarnos y por intentar comprendernos.

Os amo

(Mi querido primo y amigo Toño Vicén me envió esta preciosa foto que me ha servido de excusa para escribir estas líneas. Gracias, Toño)

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La urgencia de actuar

Cuando presenté “Pétalos de luna” en Madrid, junto con Maribel Verdú, Jorge Sanz y Luis Alegre, hablé de la alegría que suponía para mí publicar en ebook. ¡Mi novela en una pantalla! “Y al cabo —añadí— ¿no pensáis que el valor de una novela está en la propia novela (el lenguaje, la historia, los personajes, las emociones que es capaz de causar…) y no en el formato?” (Por cierto que tanto Maribel como Jorge afirmaron que la querían en pantalla, pero en pantalla grande, y con ellos como protagonistas).

Así lo dije y así lo pienso; sin embargo, ahora que ha transcurrido algo más de un año después de aquel entrañable y divertidísimo acto de presentación, y pese a que continúa produciéndome la misma alegría que entonces ver “Pétalos de luna” en un libro electrónico; aspiro (además de a disfrutarla en la pantalla grande), a verla impresa en papel. Aspiro a tocarla, a olerla (como dicen los amantes de las hojas) para que aquellos que aún no leen en formato digital, puedan leer mi novela. Para que nadie de cuantos se han interesado por ella se quede sin leerla.

Empecé así la presentación de la novela:
“Pétalos de luna” es una novela que recuerda la urgencia de actuar.

El II Congreso del Libro Electrónico que se ha celebrado estos días en Barbastro ha puesto también de manifiesto la urgencia de actuar: de unir esfuerzos de libreros, bibliotecarios, editores y escritores; de facilitar la lectura, de dar al lector lo que quiera y donde lo quiera; de crear un mercado de libros único para quienes hablamos el mismo idioma; de dejar de poner impedimentos que lo único que hacen es favorecer la piratería… y de otras urgencias que tan bien ha plasmado Darío Pescador en las conclusiones del Congreso.

Enhorabuena a Fernando García Mongay por idear y poner en marcha este encuentro que no solo invita a la reflexión y a la puesta en común, sino, sobre todo, a la acción. Enhorabuena y muchas gracias por haberme invitado a participar en él. Ha sido muy importante para mí. Fue un lujo compartir la mesa redonda con Antón Castro, Luz Gabás y Esteban Navarro.

Las fotos son del maravilloso artista Álvaro Calvo. Todo un lujo.

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Te regalo el amarillo

Te regalo el amarillo, hermano,
porque es el color que más le gusta a tu hijo,
porque es el color que tienen los campos el 17 de junio,
porque es el color del sol y del aceite,
¡y es el color del disco de las margaritas!

Te regalo el amarillo
porque es el color de la hormigonera que te trajeron los tíos de su viaje de novios,
y el color de la traílla en la que papá nos llevaba a coger almendras.

Te regalo el amarillo
porque es el color de la felicidad, de la energía, de la luz y de la fiesta.

Te regalo el amarillo porque es el color del oro,
y oro eres tú, hermano.
Oro, sol, aceite y espiga que,
casi siempre en silencio,
iluminas con tu ejemplo nuestras mentes,
alimentas con tu trabajo nuestros cuerpos
y nutres nuestros corazones con tu amor.

En este cumpleaños, querido hermano,
te regalo el amarillo porque es tuyo.
Porque nadie más que tú es oro, sol, aceite y espiga

Y porque a Pablo le encantará que tú lo tengas.
Aunque lo sabe ya, por eso es su color favorito.

Joaquín blog

Felicidades, papá

Hoy es el cumpleaños de papá.

Cuando lo hemos felicitado esta mañana, mi marido le ha dado las gracias por ser un ejemplo para nosotros. ¡Qué bien lo ha dicho! Él es un ejemplo en todo: en integridad, en honradez, en sabiduría, en respeto, en responsabilidad, en generosidad, en bondad, en justicia, en humildad…

Cuando he conocido a alguien que estudió con él, me ha dicho que tenía una inteligencia brillante o que era el mejor en Matemáticas. Quienes lo vieron jugar al fútbol me dicen que no había un jugador mejor que él. Yo digo que no se puede tener mejor padre.

La frase que más me ha repetido : “Haz bien y no mires a quién”

Te quiero, papá.

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La rosa de papel. A mamá

El primer regalo que le hice el Día de la Madre fue una rosa de papel. ¡Era preciosa! Yo tenía solo tres años y las chicas mayores de la escuela me ayudaron a colocar los pétalos. ¡Con cuánta emoción la llevé a casa! En un mano, la cartera; en la otra, la rosa y todo mi cuidado.

Entraría despacito, sin hacer ruido; subiría hasta mi habitación, y la escondería debajo de la cama (no se me ocurría un lugar más secreto) hasta el domingo. Tenía que superar tres tramos de escalera: el primero era el más delicado porque conducía a la cocina y al salón y allí estarían mi madre, mi abuela y mi hermana pequeña (mi hermano aún no había nacido). Si oían algún ruido fuera, saldrían y me descubrirían; pero, si lograba pasar al segundo tramo sin que se diesen cuenta, ya no había peligro. ¡Qué contenta se pondría mamá cuando le regalara la rosa!

Conseguí abrir la puerta de casa sin que me oyeran y cruzar el patio. Con la misma mano con la que cogía la cartera me sujetaba a la barandilla para subir las escaleras con pasos silenciosos. Al llegar al tercer escalón pensé que era mejor esconderme la rosa debajo del jersey, no fuera que alguien saliera en ese preciso instante y la viera. Así lo hice y emprendí de nuevo la subida con más cuidado todavía, apretándome el jersey lo suficiente para que no se me cayera la flor pero no tanto como para chafarla. Y entonces, no sé si tropecé o resbalé, pero me caí y, aún peor, se me cayó la rosa. Salió mi madre asustada y me vio en el suelo, y vio también la rosa, su rosa. ¡Qué disgusto más grande el mío! Mamá me cogió en brazos al verme llorar desconsolada. Ella creyó que me había hecho daño, pero yo lloraba por la flor, porque ya no sería una sorpresa para ella.

Todos los años, el Día de la Madre, me acuerdo de los besos que me dio cuando me cogió en brazos en aquella ocasión. Te quiero, mamá.

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