Poemas

Mujer de otoño

Mujer de otoño

Con los primeros fríos reverdezco;
se me nota que soy mujer de otoño,
fruto de esta estación, como el madroño.
Cae la noche en la tarde y yo amanezco.

La intensidad del verde, el gris del cielo.
Las aves que ya mudan su plumaje
y se disponen a emprender el viaje
antes de que el sustento se haga hielo.

Ocres, granates, amarillas, rojas,
(“En una decadencia de hermosura,
—dijo el poeta— la vida se desnuda”)
se marchan las cigüeñas, caen las hojas.

Y en esa desnudez late otra vida.
Cantos del petirrojo trae el viento,
se abre el ciclamen, brota el pensamiento,
silva el zorzal y el escribano anida.

Se me nota en la piel que soy de otoño
como las uvas, como las manzanas,
como las nueces, como las castañas.
En tiempo de las setas, yo retoño.

Se me nota en los sueños, en los versos:
cuando hendía el aire la golondrina
entre membrillos, granadas y endrinas,
yo di en otoño mis primeros besos.

Insomnio

Esquivo sueño que en huir porfía;
descortés invitado de la noche;
ingrato anhelo que marchita el día;
desleal amante; de inquietud, derroche.

Del crepúsculo del ocaso al alba,
desde las sombras del desasosiego,
te llamo y grito que tu ausencia enalba
mis horas negras de tormento ciego.

¿Qué haces lejos de mí, dulce fortuna?
Dime, ¿por qué abandonas mi regazo
y te llevas la calma de la luna?

Vuelve hoy a mí. Mi piel será vereda.
Devuélveme la paz de las estrellas,
envuelve mi descanso con tu seda.

Pluma y papel

Bastón y suelo sois de mi memoria,
asideros de sueños y de gloria,
redentores de angustias y desvelos;
retazos de alma en azules riachuelos.

Página blanca, eco del pensamiento,
pluma que desenredas el aliento,
juntas danzáis lo que entona mi seso
y espejo sois de misterios que apreso.

Escucho los rasguños, las caricias
que hace mi corazón en la explanada:
aguijón o pincel, calma o ardicia.

Tinta y papel, en mi carne, ensenada.
Mar, horizonte, abnegada nutricia.
Ríos que traéis historias de la nada.

Precisión

Ojalá la palabra fuera estricta
como el tiempo: los días, las horas.
Invierno, primavera… Tiempo, dicta:
¿Cuándo iremos a recoger las moras?

Cronómetros, relojes… son axiomas.
Exactitud, precisión y certeza.
Justo lo que les falta a las personas
que ignoran de las letras la grandeza.

A un reloj se le exige ser sensible;
la delicadeza humana es opcional.
Y en esa preferencia se distinguen

un hombre de palabra y un informal:
Equinoccio sintáctico infalible,
eclipse de gramática sideral.

Razón tirana

Razón que vienes a prender mis sueños,
a decirme que existen imposibles,
que eres tú ama del mundo, no más dueños,
y a imponerme enrejados infalibles.

Suéltame ya, razón, que me haces daño.
Tu argumento, tu método y tu orden
son buenos compañeros, pero extraño
fe e imaginación que te desborden.

Quiero que se derrumben tus fronteras,
tu certidumbre a veces insolente,
tus motivos, tus verdades austeras.

Quiero verte de pruebas defoliada.
He resuelto creer, crear, alcanzar.
Suéltame ya, razón, o sé mi aliada.

Pesimismo

Tal vez debería cambiar el curso de los días;
esta monotonía que me aterra,
esta amenaza fría que me quema,
el futuro escondido que ya no soy capaz de imaginar.
Tal vez debería enterrar todas las esperanzas
para dejar de llorar
y hacer,
hacer sin más
en esta aridez sin tregua donde se consume la vida.
Hoy es como ayer y mañana… mañana será, sin más. Silencio.
Todos hablan, pero no a mí. Hablan sin más,
mientras yo me consumo entre las negras ramas de la desesperación.

Palabras

Estoy hecha de aire de agua
de carne
de BESOS

Estoy hecha de Dios de mujer
de hombre
de AMOR

Estoy hecha de sangre de hermanos
de amigos
de ENTREGA

Estoy hecha de risas de timidez
de audacia
de PASIÓN

Estoy hecha de sueños de raíces
de futuro
de INTUICIÓN

Estoy hecha de fe de incertidumbre de regocijo
de ESPERANZA

Estoy hecha de PALABRAS

Aire

Cierzo y sol

Campos de oro, que parecéis un mar embravecido.
Olas de trigo y sol.Destellos de esperanza.
No me extraña que el cierzo no pueda resistirse
a venir cada día a acariciaros.

El sembrador

El Pueyo, el cielo, el polvo y las semillas.
Azules, verdes, pardos, ocres, blancos.
Campo hoy fértil, ayer fuiste barranco
y en verano serás tierra amarilla.

Danzan los tamarices con el cierzo.
Llega el hombre y esparce la simiente.
El paisaje que fue una vez torrente
se ha hecho tapiz con arte y con esfuerzo.

No niegue al labrador su maestría
aquel que ha de comer para estar vivo
ni quien quiera adquirir sabiduría.

Líder por excelencia en geometría.
Sembrador, concertista de cultivos,
haces de amor y suelo sinfonía.

26 de diciembre. Sol de invierno

Sol de invierno Tarde azul
El paisaje brilla
Los campos ya verdean.
Los motores del viento truenan entre las piedras.
Los encinares viejos roncan mientras sestean.
Los olivares tiemblan.
Y la humilde caseta
de mallacanes de oro,
la de la puerta vieja
de madera gris plata
y visera de cañas,
tiende su sombra al norte
y dibuja la ele de Laluenga
para que los aviones mullidos y regordetes que en el cielo planean
acaricien su tierra lisonjera.
Veintiséis de diciembre sol de invierno.

Luna creciente

Batuta perpetua de la noche
Fascinación
Misteriosa blancura que embellece.
Eres más cómplice, luna, cuando creces.
Luna creciente, magia y esperanza.
Luna valiente, poderosa.
Estudiada trayectoria
Derivar divino
Espectáculo eterno.
Luna creciente que acrisolas los paisajes de los pueblos y coqueteas con los campanarios,
haces de cada vida, de cada instante, un cuento.

Caminos

Hablábamos de amor en cada paso.
De aventuras, de decepciones y de deseos.
Sembrábamos los caminos de palabras e ilusiones;
de sueños que, como la simiente de los campos, nacieron y granaron.

En ocasiones surgía alguna lágrima porque,
igual que la lluvia es necesaria para los trigos,
las lágrimas lo son a veces para el corazón.

Con cada paso, con cada gesto, con cada confidencia
fuimos plantando árboles de amistad y de cariño,
árboles de hondas raíces y cuyo fruto alimenta cada día a mi alma.

Más adentro que el trabajo diario, que los planes, que el ir y venir de las horas,
se encuentran aquellos instantes cuyo recuerdo proporciona solaz a la existencia.

Paseo nocturno

¿Os acordáis, queridas, de la luna
que una noche nos invitó a dar un paseo?
¿Recordáis que nuestras voces a una
ensalzaban los campos con esmero?

“¡No hay lugar más bonito en el mundo!”
Las estrellas miraban sonriendo,
y el gozo llegaba al cielo profundo.
Emprendimos la noche el monte viendo.

Mas, de pronto, unos faros nos miraron
y nuestro gozo se convirtió en miedo.
“¿Quién a estas horas…?” Las voces temblaron.

Agosto dormía en rastrojos quietos.
Dimos la vuelta. Los grillos callaron
y se oía solo un motor hambriento.

Semillas de dicha

En tanto que el verano se adormece
en las blandas praderas de los valles
y se acuesta en los bancos de las calles
cuando cesa el bullicio y anochece.

En tanto que los días se hacen breves
y tú, luna creciente, te apresuras
a templar de la noche la negrura,
y a soñar plenilunios ya te atreves.

En tanto que añoramos el verano,
las fiestas, los encuentros y la dicha,
todos nuestros recuerdos se hacen grano.

Otoño que preparas tu venida,
siembra con ellos esta sementera
veranos dulces que a gozar convidan.

Amor

Búscame

Búscame -me dijiste.
Te busqué y hallé un desierto.
Quisiste mostrarte ante mí árido, estéril, deshabitado.
Pero yo vi una interesante gama de colores
un caleidoscopio de formas, un alma caleidoscópica.
Me zambullí gozosa en ese espacio tentador:
valles, montañas, pozos de agua cristalina…
Un mundo inimaginable de pequeñas y grandes maravillas,
vestigios de un lejano pasado bajo el mar.
Sin quererlo, me hice espeleóloga de ti.
Encontré estalactitas, gours, coladas, banderolas.
Y descubrí un río de leche de Luna
que me impregnó la piel y el alma.
Estoy embriagada de amor del que tú desconoces,
del que se esconde en tus profundidades.
Tengo fiebre de ti y no sé si quieres apagarla
o construir conmigo un paraíso en el desierto de tus miedos.

Y no va a ser posible

Enamorarse cuando uno quiere enamorarse está bien,
pero que te pille desprevenida,
que cuando no quieras enamorarte, vayas tranquilamente a un Museo
y alguien se ponga delante de tus ojos y deje tu mirada y tu alma suspendidas.
Eso no está bien.
Intentas mirar a otra parte o, simplemente, no mirar,
pero no puedes porque tienes allá todavía la retina y tus ojos no lo ven más que a él
y ese momento en que dejaron de pertenecerte.
Porque tu alma se empeña en arrebujarse a ese recuerdo, a ese encuentro,
y ¡peor! : a soñar más encuentros y más miradas pero siempre con él.

Y no va a ser posible

Miradlos

Miradlos, ahí están los dos amantes,
de espaldas al abismo que le espera a cada cual.
Se miran y solo se ven el uno al otro y el uno en el otro.
No hay nadie más: ellos dos y la noche.
Ella lo sabe todo, pero finge que ignora, y calla,
y él, que cree que ella no sabe, calla también.
Cosen su diálogo de amor y de caricias
con un delicado hilo de silencio.

Miradlos en medio de la noche oscura.
Ciegos los dos, pretenden alumbrar un sueño
e inventan un futuro tan presente o tan remoto
que el mismo sueño desvela la verdad que se ocultan.
Las farolas del puente disfrazan la negrura de su secreto,
no del que ambos comparten, sino del que se esconden el uno al otro.
La luna contempla con ternura el brío de un amor que ellos mismos desoyen
y derrama compasiva sus pétalos sobre los dos corazones enamorados.

Te adoro

¿Puede una enamorarse en siete letras?
Siete letras sin voz y sin fonética
pasan de los ojos a la aórtica,
fluyen por las arterias sin impetras.

La T se hinca en el corazón y entra
ante la E, dulce y enigmática.
Detrás, la A con una D entusiástica
y viene al alma el ORO y la secuestra.

Tú escribiste siete letras para mí
y yo te respondí por cortesía:
“Eres amable”, dije, y me despedí.

Mientras te contestaba distraída
tus letras entraban con sigilo en mí
y en mi corazón hoy te has hecho vida.

Octubre

Llamaste a mi puerta un día de verano
y me invitaste a sentirme especial por una hora
Y yo te abrí con cierto desconcierto:
te dije que tal vez si me explicabas…
Empecé a observarte de lejos y en silencio.
Surgió mi admiración y luego, olvido;
pero no mi olvido, sino el pensamiento de que tú me habías olvidado.
Llamé a tu puerta un día de otoño
y tu alegría abrió las puertas de mis sueños
Octubre me llevó hasta el fondo de tu cámara.
Ascendí a un mágico cielo con tus alas
y ahí mi alma posa para ti.

Ausencia de luna

Hoy no he visto la luna, amor. Llovía.
Las gotas que caían en mi cara
eran caricias: De mi piel avara
resbalaban al suelo que fulgía.

Deseaba que fuera una alfaguara,
un manantial de besos que fluía
a mis labios en dulce melodía;
que un hontanar de ti a mí me empapara.

Caminar sobre lluvia es mi delirio.
¡Uy! ¡Mi tacón se ha clavado en el suelo!
Nadie viene. Y llueve. ¡Oh! ¡Qué martirio!

¡Y no puedo arrancarlo del riachuelo!
Uf. ¡Las instrucciones vienen en sirio!
¿Quién ha programado este videojuego?

 

Hoy, por ejemplo

Sesión Plenaria

Es mediodía. Otoño
Los diputados hablan
de Educación, de Lenguas…
Uno dice y uno o ninguno escucha.
Después, votan.
Entonces todos están atentos.
Vuelve luego el discurso y cada uno a lo suyo.
Llega Antoñito.
Una sonrisa, un gesto
y el corazón se alegra.
Treinta niños entran discretamente en la tribuna,
sus señorías los ven y se alborotan.
Los niños los observan en silencio.

A un salón de baile

Recipiente de música y suspiros,
hasta en silencio agitas corazones.
Alma de fiesta, cuerpo de razones
que el tiempo ha ido escondiendo en el olvido.

Final de discrepancias y conflictos,
principio de concordia y aleaciones;
ahínco que funde generaciones
con recuerdos, con sentires y con ritos.

Tú, símbolo de paz y de esperanza,
fruto y memoria de una alegre alianza
que apostó por el baile y por el juego.

Entrar en ti es respirar amores.
Cuántos besos soñados en tus ecos,
latidos que resuenan seductores.

Partida de guiñote

La baraja huele a familia y a amigos;
sabe a fiesta, a competición, a nervios.
Las cartas de la baraja son brillantes como la Navidad
y bulliciosas como las tardes de domingo en invierno
en el bar de Laluenga cuando éramos adolescentes.

La baraja huele a yaya Cándida y a yaya Concha, y a papá.
Y ahora también a Feli, a Luis y a Eloy.
Las cartas de la baraja saben a leche de soja con colacao
y son dulces como las castañas de mazapán.

Lo que más me gusta de jugar al guiñote son las miradas:
Suben y bajan del tapete a las manos
y de las manos a los ojos del compañero, que es el que está enfrente.
Y de los ojos del compañero a los de los contrincantes.
Ocho ojos que no dejan de mirar ni de expresar.
Unos delatan más que otros.
Y cuando no son los ojos, son las sonrisas contenidas
o las muestras de decepción.
“¡Las cuarenta!”

A quien las canta se le ensancha el estómago.
Y brindan sus ojos y los del compañero con el mejor champán.
Los contrincantes se miran también el uno al otro,
pero rápidamente vuelven la mirada a las cartas.
Al final: todos ganan.
Porque a todas las miradas de la partida se ha asomado la esencia,
esa que estaba siempre a la intemperie en nuestra niñez.
Y esa esencia, al acabar, canta las cuarenta a los adultos que nos hemos vuelto.

Pascua en Laluenga

Amanece. El horizonte bosteza.
La niebla duerme aún sobre las dembas.
Laluenga anuncia Pascua en su belleza
y en el aroma de sartenes nuevas.

Mientras el pueblo aún se despereza,
la comisión dispone ya las mesas,
Joaquín prepara con delicadeza
la sartenada. Otros cortan fresas.

Los manteles esperan la llegada de voces,
risas, encuentros, quereres;
conversación con amistad enredada.

Convivio de raíces e ilusiones.
Pascua en Laluenga. El sol pace en los trigos
y solaza la paz los corazones.

A mi familia

Las cosas

Sí sabrán, querido Borges, las cosas:
la aldaba con el nombre de mi abuelo,
la puerta rota, las tablas del suelo,
el picaporte gris, la tranca añosa.

Las sábanas bordadas por mi abuela,
sueños blancos callados entre encajes.
Las cosas son de la memoria espuelas.
En el bolsillo de mi abrigo traje

por descuido la llave de mi padre
y un llavero inventado por sus nietas.
Verlos me trae amor que dulce aprieta.

Las cosas son del pensamiento sangre:
nos traen caricias de los que se han ido
y acercan el calor de los queridos.

Mamá

La crema por tus manos extendías,
recién peinada, hermosa, sonriente.
En aurora se trocaba el poniente:
era el instante más bello del día;

Te sentabas amorosa junto a mí.
Tu risa, sonajero jubiloso;
tu voz, que era mi paz y mi reposo;
tu suave regazo, tu aroma a jazmín;

esas manos que heladas me vestían
después de lavar ropa en agua fría;
los ojos que más dulces me han mirado;

tu piel suave, tu corazón ferviente…
mientras estoy escribiendo a tu lado,
cumplen eneros de leña crujiente.

Mujer diamante

A mi hermana

Pilar tú habrías de ser que me sostienes,
que recoges la carga de mis dudas
y con un doble giro tú las mudas
–ingenio helicoidal– en grandes bienes.

Mujer de fuego, de aire y de diamante.
Una erupción volcánica en un taxi:
luz, pureza; cristalina sintaxis
de ímpetu, valor y vida radiante.

Quilates de saber y de belleza,
claridad y sensatez; faro que guía
con el fiel resplandor de su franqueza.

Madre, hermana, maestra de hidalguía,
que fuiste ya al nacer una proeza.
Piedra preciosa. Exacta geometría.

El latido de la tierra

A mi hermano

Corazón de oro y de almendros, de espigas,
de agua y de miel: la Tierra palpita en ti.
El sol, la lluvia, el viento son cantigas
que en tu honor bordó la vida en saetí:

los secretos del monte y de las aves;
las confidencias de la luna al pasar…
De la noche y del día tienes llaves.
Siembras, y observas el dulce acompasar

de suelo y cielo que en su piel sentía
el niño que quería andar descalzo
y que en la siega fuera su natía.

Tu saber es brújula y es abrazo,
tu fuerza es firme amor y es valentía,
tu palabra de todos es regazo.

Pablo

Cuando se quiten la noche y el frío,
bajaremos a jugar a la calle:
pondremos al caballo un buen engalle
y nos dispondremos a admirar su brío.

Cuando se quite el invierno, y la luna,
iremos al corral, a la bodega.
Podremos chutar, correr y escondernos.
Bailar en la carroza hasta la una.

La noche, el día, el frío, las canículas.
Juego, balón, caballo y ensenada.
Podrá quitarse todo; arias, fábulas.

Si tú estás, Pablo, no nos falta nada.
Llegaste y pusiste las mayúsculas
al Amor, y a la Vida Afortunada.

Te-quie-ro

Me gusta cuando llegas a casa,
descubres mis brazos abiertos y sonríes.
Corremos el uno hacia el otro, nos abrazamos
y nos quedamos un ratito apretados en silencio.
Me gusta cuando te sientas en mis muslos
y me acaricias la frente con tus rizos.
Pegas a mis labios tu mejilla
y yo la beso y la beso y la beso…
y tú te quedas quieto quieto quieto y no te cansas de mis besos.
Te-quie-ro –te digo.
Y entre tanto, ato los cordones de tus botas de ante y me miras:
Te-que-ro –me dices. Y enseguida:
-Tía Pilar: ¿vamos a chutar al “gagaje” con el balón “gande”?

Te regalo el amarillo

Te regalo el amarillo, hermano,
porque es el color que más le gusta a tu hijo,
porque es el color que tienen los campos el 17 de junio
porque es el color del sol y del aceite.
¡Y es el color del disco de las margaritas!

Te regalo el amarillo
porque es el color de la hormigonera que te trajeron los tíos de su viaje de novios,
y es el color de la traílla en la que papá nos llevaba a coger almendras.
Te regalo el amarillo
porque es el color de la felicidad, de la energía, de la luz y de la fiesta.

Te regalo el amarillo porque es el color del oro, y oro eres tú, hermano.
Oro, sol, aceite y espiga que,
casi siempre en silencio,
iluminas con tu ejemplo nuestras mentes,
alimentas con tu trabajo nuestros cuerpos
y nutres nuestros corazones con tu amor.

En este cumpleaños, querido hermano,
te regalo el amarillo porque es tuyo.
Porque nadie más que tú es oro, sol, aceite y espiga
Y porque a Pablo le encantará que tú lo tengas
Aunque lo sabe ya, por eso es su color favorito.

Laura

Fue un once de febrero cuando me dio
la vida un precioso título: tía.
Mi hermana alumbró, y mi alma concibió
amor efervescente, ancha alegría,

un incesante anhelo de tenerla
en mis brazos, de alcanzar con mi esencia
su esencia toda, infinita, y beberla:
su piel, su corazón, su inteligencia.

Pienso en que ella existe y me alborozo,
y no concibo ya ser yo sin ella,
vivir sin su esplendor de flor de allozo.

Hoy cumple mi niña dieciséis años.
Ni aun mi amor podía idearte tan bella,
adorable mujer de ojos castaños.

Marina

Marina no me cabe en un soneto,
Marina va más allá de la poesía;
ella la abarca, la reta, la sostiene.
Ella es poesía en sus ojos y en su piel.
Son poesía sus gestos.
La elegancia de sus movimientos es poesía.
Nada en ella parece cotidiano:
comer, dormir, estudiar, divertirse, enfadarse, reír…
Lo que hace cualquiera a los dieciséis, que son los que cumple hoy, Marina lo hace igual pero tan distinto
como el verso lo es de la prosa.

Marina no me cabe en un soneto;
necesita dos, veinte, mil sonetos
y necesita autores de renombre
que vengan a hacer versos con su nombre.

Vengan Góngora, Borges y Cervantes.
Vengan Quevedo, Lope. ¡Bécquer, antes!
¡Y que vengan también Aute y Sabina
y compongan una canción para Marina!

(Ella nació para anunciar la fiesta:
En un nueve de agosto el chupinazo
por sorpresa lanzó mi hermana en Huesca)

Vengan Machado, Garcilaso, Urbina.
Porque para cantar a la belleza
tendrán que contemplar a mi sobrina.

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2 pensamientos en “Poemas

  1. Ramon

    Gran contenido, sigue haciendolo de esta manera y cada vez
    llegará lo verá mas gente, como yo, que te he encontrado por internet y me has dejado impresionado

    Responder
    1. mariapilarclau Autor

      Gracias, Ramón. Me alegra mucho que te guste el contenido de este blog. Espero seguir publicando textos y enlaces que te resulten interesantes.
      Bienvenido.

      Responder

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