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Miradas

Maria exposición Miradas

Miraba “Miradas”, la exposición con la que la Fundación Ibercaja celebra el 75 aniversario de la apertura de la primera oficina de Ibercaja en Huesca.

Miraba las obras que se muestran en el Palacio Villahermosa. Las que acaparaban mi admiración en el instante de la fotografía eran dos acuarelas de Alejandro Brioso. Una vez lo vi pintar en su estudio. ¡Y yo que pensaba que en colegio lo había aprendido todo sobre la acuarela! ¡Qué ingenua! —eso pensé. Me admiró su técnica y también su obra; sobre todo, aquella que se centraba en la figura humana, aquellos viejos sentados en un banco tomando el sol, o la anciana vestida de negro mirando a la ventana.

Hay obras eternas, que van cambiando con el tiempo, otorgando nuevos sentidos a cada momento.

No se parecían en nada aquellas obras de Brioso a las que me descubrió la exposición de Ibercaja. Las nuevas me gustaron todavía más.

Me fascina observar la evolución: en las costumbres, en las cosas, en el arte y, por supuesto, en las personas. No importa que me guste o no el resultado, lo que me maravilla es la transformación misma, el movimiento.

Las obras que se pueden ver estos días en el Palacio Villahermosa poseen lazos ocultos que conectan pasado y presente. Obras eternas todas que, enraizadas en su tiempo y en su lugar, conceden a quien las mira la oportunidad de contemplar el progreso en veintiséis lienzos.

Y si me cautiva la belleza de la evolución, aún más me seduce la de la diversidad. “Miradas” es una ocasión única para conocer Huesca desde visiones diversas, surgidas todas ellas desde un conocimiento muy íntimo de su paisaje y de su alma.

La exposición, coordinada por Fernando Alvira, reúne obras de Ángel Gutiérrez Fanlo, Esteban Escartín, Leoncio Mairal, José María Lanzarote, Fernando Alvira, Fernando Badías, José Alvira, Alejandro Brioso, Josefina Álvarez, José Generelo, José Beulas, Asunción Laplana, Teresa Ramón y Julio Nogués.

La foto es de Javier Blasco.

 

“María la portuguesa” interpretada por Argentina

Comparto con vosotros una de mis canciones favoritas, “María la portuguesa”, magníficamente interpretada por Argentina, la cantaora onubense nominada a los Premios Grammy.

Argentina llega este fin de semana a Aragón para poner su voz en el espectáculo “El Amor brujo”, acompañada por la Orquesta “Reino de Aragón”. (En el Palacio de Congresos de Huesca el día 8 de mayo y en el Auditorio de Zaragoza el día 10 de mayo)

Forges

Ya habíamos terminado de comer cuando Noa, la preciosa hija de María José, ha llegado del colegio. Ha abierto la cartera, ha sacado unas hojas de papel y unos lápices y se ha puesto a trazar algunas letras al lado del gran dibujante. Él le ha pedido una hoja y le ha dibujado una lagartija. No ha puesto su firma pero no era necesario, viene impresa en cada uno sus trazos. Inconfundible Forges.

Cuánto me gustaría que algún día, al leer cualquier fragmento que yo escriba, adivinen que soy yo la autora. Mientras, ensayo, pienso, miro y aprendo de los grandes, de los que ya lo han conseguido.

Ha sido un privilegio comer con Forges, mucho más que un genial dibujante. Aún más que sus dibujos deslumbran su inteligencia, su simpatía y su extraordinaria amabilidad.

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Antón Castro, un género literario indispensable

Si Esteban, el hijo de Sabela, hubiera nacido en Macondo, habrían sido más de cien los años de soledad. Porque después de leer y aprender El Libro Rojo, Esteban era “capaz de arreglar las mayores catástrofes, de curar las más punzantes y dolorosas heridas y de vivir las aventuras más increíbles”. Nada había imposible para él. Sin embargo, este niño de pelo rubio que “empezó a andar antes de los ocho meses y aprendió a hablar de inmediato y pronunciando con mucha perfección la erre” nació en Baladouro y es esta aldea la que se propone salvar de la feroz tormenta que amenaza con sumergirla para siempre.

La aventura de Esteban alcanza un sentido superior al conocer que el mal que amenaza a Baladoruo fue el mismo que acabó con otras ciudades legendarias y fruto del castigo de los nubeiros a un rey que fue injusto, cruel y desagradecido.

La lectura de “La leyenda de la ciudad sumergida” me ha hecho creer que estaba ante la novela de García Márquez. Igual que en “Cien años de soledad”, en la obra de Antón Castro las creaciones imaginarias compiten de igual a igual con la realidad; lo imaginario tiene el mismo afán arrollador que lo real, y ambas dimensiones adquieren una misma naturaleza narrativa con la que el autor crea un mundo de extraordinaria riqueza.

Animales, personajes mágicos, seres del más allá, mitos y misterios, fantasía en medio de la cual el niño de Baladouro, a lomos de Pindusa, la yegua parda que es capaz de hablar con la gente y no le tIene miedo al vendaval, y de la inabarcable imaginación y excelente narrativa de Antón Castro, se convierte en héroe de esta epopeya en prosa.

Dijo José Domingo Dueñas en la presentación de “La leyenda de la ciudad sumergida” en la Librería Anónima de Huesca que Antón Castro es en sí un género literario. Y yo añado que Antón Castro es un género literario indispensable. Tal vez porque su amorosa mano otorga a su obra un brillo excepcional. “La leyenda de la ciudad sumergida” es el verdadero cuento de un narrador.

La obra, editada por ediciones Nalvay, está maravillosamente ilustrada por el artista Javi Hernández.

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“Pétalos de luna” en Huesca

Hablar de “Pétalos de luna” es siempre emocionante. Me recuerda una de las cosas mejores que he hecho; me recuerda mi esencia, lo que soy y lo que deseo ser. Me recuerda que merece la pena el esfuerzo, la perseverancia… Y me recuerda algo que considero fundamental: que debemos amarnos a nosotros mismos y a los otros (cosa que no hacen casi ninguno de los personajes de la novela). Solo amándonos a nosotros mismos podemos llegar a conocernos, a saber qué es lo mejor que tenemos y a ponerlo al servicio de los otros. Y solo amándonos a nosotros mismos podremos amar así, de la misma manera, a los demás. Este es, además del segundo mandamiento (que no dice que hay que amar al prójimo “más” que a ti mismo, sino “como” a ti mismo), la clave para ser felices (cuando uno se ama a sí mismo es más humilde; si le alaban, su ego no crece, y, si le critican, tiene la capacidad de recibir la crítica con gratitud, aunque sea agria).

Gracias a Javi Vázquez por invitarme a su programa ‘Escúchate, de Aragón Radio, donde, además, tuve la suerte de disfrutar de una magnífica tarde en Huesca, mi ciudad natal, y de estar en compañía de cuatro personas a las que admiro mucho: Juanjo Javierre, Orencio Boix, Esteban Navarro y Chema Aniés.

Más tarde, asistí a la presentación del libro de Javi Vázquez, “Cuatro cuentos rusos”, de Ediciones Nalvay, en la Librería Anónima, uno de los grandes tesoros de la ciudad. Fue un placer rencontrarme, después de bastante tiempo, con Carlos Garcés, Miriam Martínez, Sara Ciria y con Cristina Pérez.

La foto la hizo Mariano Gistaín y también grabó el vídeo y me ha animado a publicarlo. Gracias, Amor.

Chema Aniés, Esteban Navarro, María Pilar Clau, Javi Vázquez, Juanjo Javierre y Orencio Boix en el Café del Arte.

Chema Aniés, Esteban Navarro, María Pilar Clau, Javi Vázquez, Juanjo Javierre y Orencio Boix en el Café del Arte.

Con Javi Vázquez en la Librería Anónima

Con Javi Vázquez en la Librería Anónima

5 de febrero, Santa Águeda

Hace pocos años restauraron la Iglesia de Laluenga. Como el tiempo de las obras se preveía largo, los santos no podían estar guardados en cualquier parte porque corrían el riesgo de estropearse. Los vecinos, siempre tan dispuestos, decidieron llevárselos a sus casas y se los repartieron según las preferencias o la devoción de cada cual. Santa Águeda estuvo la mía durante dos años (desde 2009 a 2011). Mi sobrino Pablo, que tenía seis meses cuando la vio allí por primera vez, todavía la echa de menos y espera que algún día nos la devuelvan.
Igual que nosotros no hemos olvidado el tiempo que estuvo con nosotros, sabemos que ella tampoco.
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Una tarde en el parque de Huesca

El parque de Huesca es un espacio mágico donde suceden cosas extraordinarias. En raras ocasiones he salido de él sin una anécdota que contar (o que callar). Y pese a las numerosas y variadas veces que lo he recorrido, siempre que vuelvo a él se me antoja que es la primera. Tan es así que no recuerdo dónde se esconde cada rincón y siempre tengo que andar buscándolos: allí, el paseo de las pajaritas; allá, la rosaleda; ¿y el lago de los cisnes? ¿no estaba por aquí?

Los árboles del parque de Huesca guardan algunos de mis secretos íntimos; imágenes y palabras, ecos, canciones, románticos paseos, lecturas al atardecer, mojitos en una feria de las naciones, alguna rueda de prensa, confesiones, risas, amistad, amor. Entre sus viejos troncos, la felicidad adquiere una dimensión distinta, infinita.

A pesar de que el viento hacía la tarde bastante desapacible, estaba segura de que en el parque encontraríamos una tregua y podría cumplir con mi agenda del sábado: jugar, jugar, jugar, jugar… Deber este que solo puede tener un complemento que lo mejore: ¡con mi sobrino Pablo! Bien pertrechados para hacer frente al ventarrón, Mariano, Pablo y yo conseguimos llegar a nuestro destino entre bromas y juegos. Nada más pasar el arco de entrada, el ciclón se hizo céfiro y las horas comenzaron a transcurrir a un ritmo distinto: columpios, escondites, carreras, palos, piedras, agua, patos, ocas y dos preciosos cisnes negros de pico rojo con los que Pablo quedó fascinado. Una tarde inolvidable.

Parque de Huesca Ocas Pablo y Pilar

Parque de Huesca estaque 2

Pétalos de luna (Nochevieja de 2000)

Se despidieron a las ocho y veinte de la mañana. Él se marchaba a Jaca a pasar la Nochevieja con dos amigos. Habían alquilado un apartamento. Ella celebraría el fin de año con los suyos —entre ellos, yo— en Zaragoza.
—No va a pasar la noche con ella —recuerdo que me dijo cuando me llamó cerca de las tres de la tarde para quedar esa noche. Y supe así que seguía enamorada.

Nos reunimos para cenar una treintena de amigos y nos habían puesto las sillas muy apretadas para aprovechar el sitio, pues había unas cuantas pandillas más en el mismo restaurante. Era difícil moverse de la mesa una vez que habías conseguido tomar asiento, y también lo era saber qué copa era de cada quién y qué cubierto estaba dispuesto para cada cual. Noelia encajó su móvil en el escaso espacio que había entre sus copas y las mías. Todavía no habíamos acabado de acomodarnos todos cuando sonó. En la pantalla leyó un número que no estaba en su agenda. Respondió y se le encendió la cara. ¡Era Héctor! Mientras hablaba se levantó, cruzó el restaurante sorteando la multitud y salió a la calle. La veía cada vez que alguien abría la puerta para entrar o salir, a veces de espaldas, otras de perfil mirando al cielo, siempre sonriendo. Cuando volvió estaba exultante.

—Me ha dicho que no ha dejado de pensar en mí en todo el día y que me está echando mucho de menos —me contaba mientras pelaba las gambas con el cuchillo y el tenedor—. Me ha llamado desde una cabina. ¿Tú sabes si las cabinas tienen un número con prefijo?
—Supongo, no sé.
—Es un 947, ¿sabes de qué provincia es ese prefijo?
—De Huesca, no. Si está en Jaca, es un 974.

El teléfono sonó de nuevo.
—¡El mismo número! —exclamó mientras se levantaba y lo cogía.

Regresó como si las estrellas le hubieran regalado sus destellos en esa noche tan especial. Traía las manos heladas y la cara ardiendo.

—Dice que han acabado de cenar y que, mientras sus amigos preparan las uvas, él ha bajado a la cabina a llamarme otra vez. Quería saber con quién estoy, si lo echo de menos. ¡Ay, Clara, está enamoradísimo de mí! Me dijiste que su novia era de un pueblo de Burgos, ¿no? No me extrañaría nada que estuviese pasando allí la Nochevieja. Igual está en su casa y con su familia y se está dando cuenta por fin de que a quien quiere es a mí.

Héctor volvió a llamarla inmediatamente después de las campanadas. Y después, cada hora, hasta la madrugada, aquel 947 iluminaba la pantalla del móvil de Noelia. A ella no le importaba la mentira sobre el lugar, ¿qué interés tenía ese pequeño detalle salvo para hacerle más evidente que la amaba de veras? Si estaba con su novia y la llamaba a ella a cada rato era porque su corazón no estaba con él. ¿Qué necesidad tenía de engañarla si no era porque la quería, porque prefería su amor, porque había decidido que sería esa su última mentira? Esa ansiedad, esa necesidad de ella que él manifestaba en sus reiteradas llamadas, era para Noelia un signo claro de que la amaba, de que no podía vivir sin ella. La mentira confirmaba que no quería que supiera que estaba con Inés.
Antes de acostarse, Noelia comprobó que, efectivamente, el 947 era el prefijo de Burgos, que el número desde el cual Héctor la llamaba era casi el mismo que el del ayuntamiento del pueblo donde vivía la familia de Inés, solo cambiaba la última cifra, y que era, en efecto, el de una cabina telefónica. Se desmaquilló y se acostó satisfecha, enamorada y feliz.
A las ocho de la tarde de ese mismo día, cuando él la llamó al teléfono de su casa, ella le preguntó si había llovido en Jaca y él no supo qué responder.
(“Pétalos de luna“)

Pétalos del luna

26 de diciembre. Sol de invierno.

Sol de invierno
Tarde azul
El paisaje brilla
Los campos ya verdean.

Los motores del viento
truenan entre las piedras.
Los encinares viejos
roncan mientras sestean.

Los olivares tiemblan.

Y la humilde caseta
de mallacanes de oro,
la de la puerta vieja
de madera gris plata
y visera de cañas,
tiende su sombra al norte
y dibuja la ele de Laluenga
para que los aviones
mullidos y regordetes
que en el cielo planean
acaricien su tierra lisonjera.

Veintiséis de diciembre
sol de invierno.

Laluweb

Simpatía y empatía

Según mis padres y mi DNI, nací un 15 de octubre, fecha en la que se celebra la festividad de una gran santa y escritora, Santa Teresa de Jesús. También un 15 de octubre, el del año 77 antes de Cristo, nació Virgilio, autor de La Eneida, una magnífica epopeya que llegué a saberme casi de memoria de tanto usarla en mis clases de Latín. Durante más de una década, desde que estudiaba primero de Filología, y mientras ya ejercía como periodista, dar clases particulares de Latín era en mi vida un hábito tan arraigado y casi tan necesario como lo eran levantarme por las mañanas, comer, llamar por teléfono a mis padres o quedar con mis amigos.

Era una cuestión de máxima importancia para mí que los conocimientos que había adquirido, que mis habilidades y que mi propia experiencia ayudaran a otros a conseguir su objetivo (y el de sus padres): aprobar.

Ser a un tiempo estudiante y profesora era una gran ventaja porque no me costaba nada ponerme en el lugar de mis alumnos: los escuchaba, los observaba y descubría así tanto sus fortalezas como sus debilidades. Las primeras me servían para elevarlos por encima de las segundas de manera que estas últimas no supusieran ningún obstáculo para lograr su propósito. Todos eran muy inteligentes, alguno adolecía de dificultades para concentrarse, otro para memorizar, otro para distinguir entre dos formas verbales…  y a otros, simplemente, no les gustaba el Latín. Partiendo siempre de lo mejor que tenía cada cual, me dedicaba con unos a trabajar la concentración, a otros les enseñaba trucos para recordar o para distinguir los verbos… y a otros intentaba contagiarles mi amor por el Latín explicándoles con detalle el proceso por el cual yo me enamoré de esta lengua.

No quisiera escribir algo que no sea verdad y les aseguro que no recuerdo que ningún alumno suspendiera (ni Latín, ni otras asignaturas que les daba).  El secreto no estaba mis conocimientos (al menos yo nunca lo creí), el secreto estaba en dos palabras griegas συμπάθεια (simpatía) y ἐμπαθής (empatía). El afecto y la identificación con el otro eran lo primero, después venía la transmisión de conocimientos y, a continuación, el buen resultado.

Cuando el trabajo ya no me dejaba tiempo para ello, tuve que dejar las clases. Las añoré durante mucho tiempo. Por suerte ahora también doy otros cursos y, aunque las materias son distintas, ni el afecto ni la identificación han cambiado.

Anoche un amigo escribió dos comentarios en uno de mis post de Facebook:

“Tuve una profesora de Latín estupendísima, te acuerdas?? Lograste que Domeño me aprobara!!! ya no se sí por mis análisis y traducciones del Libro de las Galias o por que le caías muy bien, sería por eso!!! Ahora me dedico a las ciencias ya ves tú un… besazo”.
Rosa rosae me gustó gracias a ti, aún te veo como una profesora, eh!! Jaja con cierto respeto…. “

Me emocionó recordarlo, y me hizo mucha gracia eso de de “con cierto respeto”. Yo también conservo siempre un respeto especial por quienes son y han sido mis alumnos.  ¡Gracias Toño, por ese comentario tan sorprendente!

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