Archivo del Autor: mariapilarclau

Sentir con los otros

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Dice Luis Alegre que dice Fernando Trueba que la verdadera amistad se pone de manifiesto en las alegrías más que en las penas. Según él (Trueba), resulta más o menos fácil saber cómo comportarse cuando el amigo está pasando por un mal trance (con una visita, un acompañamiento, una llamada, un mensaje, etc.) que cuando vive un acontecimiento que le proporciona extraordinaria felicidad. Es precisamente en esta última circunstancia cuando los buenos amigos demuestran que lo son y cuando las personas que quieren prueban que quieren de verdad. Es más fácil fingir un gesto de tristeza que uno de alegría cuando no se siente de manera sincera.

Recientemente, la profesora Adela Cortina habló en Zaragoza (su conferencia me gustó mucho y hablaré otro día de ella) de la compasión, de esa capacidad que tenemos los seres humanos de padecer unos con otros. Decía ella que la falta de compasión está destruyendo nuestra humanidad y afirmaba que las clases mejor situadas han tenido poco en cuenta el sentido de la compasión. Yo opino que, si bien no es cuestión de clases, sino de personas, no le falta razón. Y añadiría que una buena parte de quienes durante esta crisis larga y feroz han conseguido mantener o mejorar sus puestos de trabajo no han tenido tampoco, ni tienen, compasión alguna por quienes lo han perdido.

Sin embargo, no solo la ausencia compasión está destruyendo nuestra humanidad; también la ausencia de congratulación. En un tiempo en el que la palabra “competitividad” se ha apoderado no solo de los discursos económicos, sino de las mentes, y estas, a su vez, de los corazones, la competitividad ha logrado aplastar la compasión y, con más ahínco si cabe, la congratulación, esa facultad humana de sentir alegría y satisfacción con la persona a quien ha acaecido un suceso feliz. Eso que Trueba considera tan difícil de expresar cuando no se siente de verdad.

La comunicación, comunicar, es transmitir y recibir señales utilizando un código común, es intercambiar información y sentimientos. Comunicación es unión, es trato… La compasión y la congratulación son parte primordial de ese código que tenemos los seres humanos para vivir como tales. Si perdemos nuestra aptitud para experimentar y para expresar cualquiera de estos dos sentimientos, habremos perdido nuestra autenticidad como seres humanos y la potencia física y moral de comunicarnos de manera plena.

(La foto es de Francisco Navarro – http://clubetiquetanegra.com/

Urdangarín y la jequesa

Jeques

Acabábamos de cruzar el puente Alejandro III y estábamos a punto de llegar a le Gran Palais cuando vimos que pasaba la comitiva. Marisé nos había dicho por teléfono la noche anterior que la jequesa de Qatar también estaba  esos días (junio de 2009) en París, como nosotros, aunque nosotros no íbamos en comitiva.

La jequesa se puso de moda y poco tiempo después (abril de 2011) pudimos verla con turbantes de diferentes colores en Madrid. En París posó con Sarkozy y Carla Bruni, y en Madrid con los reyes, los príncipes y la esposa de Iñaki Urdangarín.

En un caso y otro parece lógico y comprensible que los jeques agradezcan las atenciones que les dispensaron los del Elíseo, que ya no viven allí porque los franceses así lo decidieron con sus votos, y los de la Zarzuela, que siguen viviendo allí porque a nosotros no nos dejan votar respecto a los inquilinos de ce palais.

Seguro que, cuando Urdangarín esté trabajando en Qatar, los jeques lo invitarán algún día a comer para corresponder a los honores con que aquí fueron tratados por sus suegros.

Eso nos da igual; sin embargo, algo falla.

No pretendemos ser jueces de nadie, pero sí nos gustaría que los jueces, los fiscales y todos aquellos a quienes corresponde ejercer la justicia, la ejerzan.

Y tampoco queremos meternos en vidas ajenas, salvo que nos veamos perjudicados por esas vidas ajenas. Y sucede que, en el ínterin, en ese largo intervalo que transcurre entre el momento en que algunos (no sabemos quiénes porque no ha habido juicios todavía) se embolsaron una escandalosa cantidad de dinero público, y el tiempo en que lo devuelvan (si por suerte llegan a hacerlo algún día), muchos ciudadanos lo estamos pagando injustamente. Nos recortan en Sanidad y en Educación, crece el paro, suben los impuestos… Sufrimos lo que otros disfrutaron.

Los otros

Conversaba con mi madre mientras las dos hacíamos tareas en la cocina. Le hablé de una canción que ella no conocía y me pidió que la cantase. Me da mucha vergüenza cantar delante de alguien, aunque ese alguien sea mi madre; pero me armé de valor y, mientras ella se ponía de puntitas y estiraba el brazo y el cuello hacia arriba en la despensa para coger una cazuela, yo me situé a su lado y empecé a cantar.

Bajó el brazo sin haber cogido la cazuela, bajó también el cuello y se volvió hacia mí con extraordinaria atención. Yo seguí cantando aún con mayor entusiasmo al ver que ponía tanto interés en escucharme. ¡Le está gustando mucho!, pensé.

Ella esperó a que acabara y me espetó:

–¿Sabes que tienes bien poca gracia para cantar?

¡Ni siquiera se fijó en la canción!  Le recordé que de niña nunca me hacían cantar, solo escribir, siempre escribir, y coser.

Y a mí me gusta muchísimo cantar. Es verdad que cuando canto sola (por supuesto, siempre a solas) experimento una suerte de desprotección y, por el contrario, una de las cosas que mejor me hacen sentir y que más me divierten es cantar en grupo: me siento arropada por las otras voces, por las bocas que hacen iguales movimientos, por las expresiones similares de las otras caras, por esa comunión de tiempo y sonido. ¡Me encanta formar parte de ese unísono!

Y no es solo que mi voz quede sumergida por las otras voces que sí entonan bien, sino que, cuando canto con otras personas, sigo su entonación y lo hago mejor (eso creo yo).

A lo largo de esta semana que termina, he asistido a algunas  conversaciones en las que se ha hablado del sentido de la vida. Yo pienso que los otros son una parte esencial de ese sentido. Tan importante como el yo, es el tú, como dice el psiquiatra Javier Urra.

Es como escribir, o como tener un blog: ¡Cuánto cambia, cuánto se enriquece en el momento en llegan los otros y comienzan a leer!

–También recuerdo otra canción… –comencé a decirle más tarde a mi madre.

Ella me miró con cara de espanto:

–¡Hija mía! Ya ha llovido bastante estos días.