Archivo de la categoría: Sin categoría

Luis Alegre recomienda «Pétalos de luna» en Aragón Televisión

Luis Alegre ha recomendado esta mañana «Pétalos de luna» en el programa Buenos días Aragón, de Aragón Televisión.

«Una novela apasionante llena de intriga e indagación sobre el misterio amoroso. Es una novela de amores complicados. Muy absorbente. Con una protagonista arrebatadora, Noelia Duch, por la que todos los hombres pierden la cabeza, y ella se enamora del hombre equivocado. Es una novela apasionante e hipnótica que desvela el gran talento literario de María Pilar Clau».

Papá

Papiparablog

Entramos con mi padre en una tienda de ultramarinos y saludamos a la tendera y a un señor que estaba comprando. Mientras papá hablaba con ellos, yo me entretuve contando las manzanas y leyendo las marcas de las tabletas de chocolate y de las bolsas de patatas fritas. Tan pronto como oí que mi padre se despedía, yo me apresuré a cogerlo de la mano (estaría, más o menos, a la altura de mi cabeza, pues yo era muy pequeña todavía). Dije adiós casi sin mirar y salimos a la calle. Recuerdo que caminaba mirando al suelo, saltando y contando las baldosas, pero sin soltar la mano de mi padre. Y también recuerdo que iba a preguntarle algo y comencé: “Papá” mientras volvía la cabeza hacia arriba para mirarlo. ¡Pero no era papá! Solté la mano de aquel desconocido y corrí sobre mis pasos tan deprisa como pude. Enseguida lo vi: estaba observándome desde el portal de la tienda de ultramarinos, se reía, y contemplé en su risa y en su mirada la promesa de que nunca dejaría de observarme y de que, aunque yo me fuera, él estaría siempre esperándome. Así ha sido siempre y así es.

Hoy es tu cumple, papi, por eso quiero hablar de ti. Hay muchas cosas bonitas que podría decir, muchas anécdotas que podría contar; tantas que me cuesta trabajo elegir, por eso he decidido quedarme con la más sencilla, esa que siempre nos hace sonreír a los dos. ¡Felicidades, papá! Te quiero.

Miquel Fuster: «La calle es una cárcel infinita»

miquelFuster

«He visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”. Con la célebre frase de la película Blade Runner, el economista y dibujante Juan Royo ha presentado en Zaragoza a Miquel Fuster.

Fuster fue dibujante en Barcelona en los años 80 cuando, como él ha dicho, “se hablaba de dibujar igual que si se tratase de la fiebre del oro”. El editor y guionista Joseph Toutain puso en sus manos un guión del Oeste y Miquel comenzó así una carrera que le llevó a ganar mucho dinero. Tenía todo el trabajo que quería y, además, hacía lo que le gustaba.

Se casó a los 20 años, cuando todos sus amigos seguían solteros. El dinero que ganaba le permitía vivir dos vidas: una con su mujer y otra con sus amigos. A los 32 años se divorció y volvió al piso donde había vivido con sus padres. Su casa se convirtió en una sala de fiestas, y todo lo que ganaba lo gastaba en invitar a sus amigos y en beber.

Se enamoró de una mujer que tenía un genio endiablado hasta el punto de que en alguna ocasión intentó dejarla, pero ella se oponía. De pronto, un 6 de octubre, sin previo aviso, la mujer lo abandonó y él sintió que le disparaban un tiro por la espalda (así lo ha dicho).

Solo unos meses más tarde, cuando su dolor aún seguía vivo, la vivienda de Miquel se quemó y, como no consiguió dinero para reconstruirla, decidió venderla por la cantidad que le ofrecía la inmobiliaria: un millón de pesetas. Algunas personas le advirtieron que si lo vendía, se quedaría en la calle; pero él siguió adelante con su propósito porque pensó que en aquel piso le martirizarían los recuerdos del amor perdido. “No sabía entonces que, vayas a donde vayas, los recuerdos los llevas contigo”, ha dicho Miquel.

Buscó otro piso, pero el dinero que había obtenido de la venta del primero no le alcanzaba para comprarlo, de modo que optó por gastárselo bebiendo, y se cumplió lo que tanto le habían advertido: tuvo que vivir en la calle. “Y fui a morir a las tablas, como los toros”: en la calle, sí, pero en su barrio de siempre, en Sants, hasta que no pudo aguantar más la compasión con la que lo miraban sus antiguos vecinos y las personas que lo querían, porque a su dolor se sumaba el dolor de los otros, y se marchó al centro de la ciudad.

En la calle pasó mucho miedo: quemaban a indigentes. En una ocasión, unos jóvenes bien educados y bien vestidos se acercaron a darle conversación. Al marcharse, uno de ellos sacó un adoquín de debajo de la cazadora y se lo tiró a la cara. Le rompió la nariz, pero habría podido matarlo. Tuvo que ser ingresado en un hospital.

«La indigencia es vivir en un estado en el que beber es necesario para poder levantarte”, ha dicho Miquel, y ha añadido algo todavía más sobrecogedor: «sobrevivir a la calle y perder el miedo exige abandonar la parte más íntima de tus sentimientos”.

También entre los que viven en la calle hay conflictos, y Fuster tuvo que aprender a ser ecuánime, pero también a enseñar los dientes.

“La calle es una cárcel infinita. Es el cuento de nunca acabar”, ha dicho. Llevaba quince años como indigente cuando la fundación Arrels fue a recogerlo. Le ofrecían un techo, una cama, comida, a cambio de que dejara de beber; “pero, si dejaba de beber, vendría mi pasado”, contaba Miquel, y él no se sentía con las fuerzas necesarias para dejar entrar en su vida a ese tiempo que tanto amargura le ocasionó. Hasta que un día se dio cuenta de que no podía más y, casi a rastras, consiguió llegar hasta la fundación.

Hace diez años que ha salido de la calle. “Ahora tengo una cama; antes, cuando encontraba un cajero confortable, creía que estaba en un gran hotel”, ha dicho Miquel.

La calle le ha dejado algunas secuelas físicas; por ejemplo, solo tiene un riñón, y no sabe cuándo ni dónde le quitaron el otro porque ha sido ingresado varias veces en hospitales.

Y de lo que no tiene nada es de resentimiento, “porque el resentimiento hacia los demás y hacia uno mismo es el peor veneno que se puede llevar dentro”, ha dicho, y ha añadido: “al cabo de muchos años en la calle, me di cuenta de que era más sencillo no engañarme, que yo había sido el culpable, y decidí perdonarme”.

Este artista que es capaz de adivinar por el color de la tez y por el grado de encorvadura cuánto tiempo lleva una persona en la calle reconoce que su recuperación “ha sido un milagro”. Y dice que en la calle ha aprendido a escuchar, a ver pasar el tiempo. Ha aprendido cautela y discreción, y ha aprendido que hay más bondad que maldad.

Fuster tiene cuadros en museos y, en ningún momento, ni cuando estuvo en la calle, ni después, durante su recuperación, ha dejado de dibujar y de pintar.

Este artista que, como él ha afirmado, acaba de llegar al mundo y no tiene otras expectativas sino vivir en paz y seguir dibujando ha visto puestas de sol que nada tienen que ver con lo que vio el replicante de Blade Runner y ha visto más terror.

Un mujer que llora al otro lado del teléfono

Hoy he recibido una llamada que me ha conmovido: era una mujer que está leyendo “Pétalos de luna”. Se identifica tanto con los personajes y con las situaciones de la novela que su lectura le produce un desconcierto inaudito. Apenas nos conocemos y, no obstante, entre lágrimas, me ha contado su historia; me ha hablado de su amor y de su dolor. Sus palabras se mezclaban con el llanto y a veces me costaba entenderla; pero sí he comprendido que es una grandísima mujer.

Escribo con el corazón encogido y con los ojos nublados. Dos llantos distintos pujan por brotar: el de mi compasión por su dolor, y el de la emoción que me han proporcionado las cosas tan bonitas que me ha dicho de la novela. 

Además de por el puro placer de escribir, escribí “Pétalos de luna” con dos objetivos: primero, que los lectores disfrutaran de cada frase, y segundo (aunque tal vez debería ponerlo en primer lugar), que cada uno encontrara en ella aquello que necesitara: consuelo, esperanza, comprensión, un pequeño asidero, un empujoncito, etc.

De sus personajes aprendí algunas cosas: que en todo momento tenemos la posibilidad de decidir;  que si no nos entretuviéramos en juzgar, avanzaríamos más y en la dirección y el sentido más correctos; que cuando nuestro objetivo es ocasionar dolor a otro acabamos causándonoslo a nosotros mismos; que la vida no viene con el libro de instrucciones, pero sí que viene con el de las soluciones, y el precio de este último es obrar de manera honrada y tener un poquito de paciencia.

La mujer que me ha llamado cree que no es casualidad que esté leyendo «Pétalos de luna». Yo tampoco lo creo. Como tampoco creo que tú estés leyendo esto por casualidad.

Sentir con los otros

eov4W0VNEpTBAn5fGmz8yD1QzAF-1Zd_iSHnNm_yS8U

Dice Luis Alegre que dice Fernando Trueba que la verdadera amistad se pone de manifiesto en las alegrías más que en las penas. Según él (Trueba), resulta más o menos fácil saber cómo comportarse cuando el amigo está pasando por un mal trance (con una visita, un acompañamiento, una llamada, un mensaje, etc.) que cuando vive un acontecimiento que le proporciona extraordinaria felicidad. Es precisamente en esta última circunstancia cuando los buenos amigos demuestran que lo son y cuando las personas que quieren prueban que quieren de verdad. Es más fácil fingir un gesto de tristeza que uno de alegría cuando no se siente de manera sincera.

Recientemente, la profesora Adela Cortina habló en Zaragoza (su conferencia me gustó mucho y hablaré otro día de ella) de la compasión, de esa capacidad que tenemos los seres humanos de padecer unos con otros. Decía ella que la falta de compasión está destruyendo nuestra humanidad y afirmaba que las clases mejor situadas han tenido poco en cuenta el sentido de la compasión. Yo opino que, si bien no es cuestión de clases, sino de personas, no le falta razón. Y añadiría que una buena parte de quienes durante esta crisis larga y feroz han conseguido mantener o mejorar sus puestos de trabajo no han tenido tampoco, ni tienen, compasión alguna por quienes lo han perdido.

Sin embargo, no solo la ausencia compasión está destruyendo nuestra humanidad; también la ausencia de congratulación. En un tiempo en el que la palabra “competitividad” se ha apoderado no solo de los discursos económicos, sino de las mentes, y estas, a su vez, de los corazones, la competitividad ha logrado aplastar la compasión y, con más ahínco si cabe, la congratulación, esa facultad humana de sentir alegría y satisfacción con la persona a quien ha acaecido un suceso feliz. Eso que Trueba considera tan difícil de expresar cuando no se siente de verdad.

La comunicación, comunicar, es transmitir y recibir señales utilizando un código común, es intercambiar información y sentimientos. Comunicación es unión, es trato… La compasión y la congratulación son parte primordial de ese código que tenemos los seres humanos para vivir como tales. Si perdemos nuestra aptitud para experimentar y para expresar cualquiera de estos dos sentimientos, habremos perdido nuestra autenticidad como seres humanos y la potencia física y moral de comunicarnos de manera plena.

(La foto es de Francisco Navarro – http://clubetiquetanegra.com/

Urdangarín y la jequesa

Jeques

Acabábamos de cruzar el puente Alejandro III y estábamos a punto de llegar a le Gran Palais cuando vimos que pasaba la comitiva. Marisé nos había dicho por teléfono la noche anterior que la jequesa de Qatar también estaba  esos días (junio de 2009) en París, como nosotros, aunque nosotros no íbamos en comitiva.

La jequesa se puso de moda y poco tiempo después (abril de 2011) pudimos verla con turbantes de diferentes colores en Madrid. En París posó con Sarkozy y Carla Bruni, y en Madrid con los reyes, los príncipes y la esposa de Iñaki Urdangarín.

En un caso y otro parece lógico y comprensible que los jeques agradezcan las atenciones que les dispensaron los del Elíseo, que ya no viven allí porque los franceses así lo decidieron con sus votos, y los de la Zarzuela, que siguen viviendo allí porque a nosotros no nos dejan votar respecto a los inquilinos de ce palais.

Seguro que, cuando Urdangarín esté trabajando en Qatar, los jeques lo invitarán algún día a comer para corresponder a los honores con que aquí fueron tratados por sus suegros.

Eso nos da igual; sin embargo, algo falla.

No pretendemos ser jueces de nadie, pero sí nos gustaría que los jueces, los fiscales y todos aquellos a quienes corresponde ejercer la justicia, la ejerzan.

Y tampoco queremos meternos en vidas ajenas, salvo que nos veamos perjudicados por esas vidas ajenas. Y sucede que, en el ínterin, en ese largo intervalo que transcurre entre el momento en que algunos (no sabemos quiénes porque no ha habido juicios todavía) se embolsaron una escandalosa cantidad de dinero público, y el tiempo en que lo devuelvan (si por suerte llegan a hacerlo algún día), muchos ciudadanos lo estamos pagando injustamente. Nos recortan en Sanidad y en Educación, crece el paro, suben los impuestos… Sufrimos lo que otros disfrutaron.

Los otros

Conversaba con mi madre mientras las dos hacíamos tareas en la cocina. Le hablé de una canción que ella no conocía y me pidió que la cantase. Me da mucha vergüenza cantar delante de alguien, aunque ese alguien sea mi madre; pero me armé de valor y, mientras ella se ponía de puntitas y estiraba el brazo y el cuello hacia arriba en la despensa para coger una cazuela, yo me situé a su lado y empecé a cantar.

Bajó el brazo sin haber cogido la cazuela, bajó también el cuello y se volvió hacia mí con extraordinaria atención. Yo seguí cantando aún con mayor entusiasmo al ver que ponía tanto interés en escucharme. ¡Le está gustando mucho!, pensé.

Ella esperó a que acabara y me espetó:

–¿Sabes que tienes bien poca gracia para cantar?

¡Ni siquiera se fijó en la canción!  Le recordé que de niña nunca me hacían cantar, solo escribir, siempre escribir, y coser.

Y a mí me gusta muchísimo cantar. Es verdad que cuando canto sola (por supuesto, siempre a solas) experimento una suerte de desprotección y, por el contrario, una de las cosas que mejor me hacen sentir y que más me divierten es cantar en grupo: me siento arropada por las otras voces, por las bocas que hacen iguales movimientos, por las expresiones similares de las otras caras, por esa comunión de tiempo y sonido. ¡Me encanta formar parte de ese unísono!

Y no es solo que mi voz quede sumergida por las otras voces que sí entonan bien, sino que, cuando canto con otras personas, sigo su entonación y lo hago mejor (eso creo yo).

A lo largo de esta semana que termina, he asistido a algunas  conversaciones en las que se ha hablado del sentido de la vida. Yo pienso que los otros son una parte esencial de ese sentido. Tan importante como el yo, es el tú, como dice el psiquiatra Javier Urra.

Es como escribir, o como tener un blog: ¡Cuánto cambia, cuánto se enriquece en el momento en llegan los otros y comienzan a leer!

–También recuerdo otra canción… –comencé a decirle más tarde a mi madre.

Ella me miró con cara de espanto:

–¡Hija mía! Ya ha llovido bastante estos días.