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Y dijo Maribel Verdú de «Pétalos de luna»:

“Pétalos del luna” me ha fascinado. Estoy segura de que aquí hay una gran película y yo quiero interpretar uno de los dos papeles femeninos: el de Clara o el de Noelia. No me importa cuál, pero uno de los dos.

“Pétalos de luna” devuelve el placer de leer una historia bien tramada, en la que palpita la seducción por el acto de contar y de conocer.

“Pétalos de luna” me parece una novela tan original que no encuentro referencias para compararla. Es un choque de egos; la historia de una pasión desgarradora que evoca la tragedia griega, pero que se desarrolla en nuestros días, con teléfonos móviles, paro, desesperación y este tiempo que a veces parece volar y otras se estanca en una ciénaga de días eternos porque esperas una llamada que nunca llega y entonces la conexión y los datos no sirven de nada.

Tal vez uno de los momentos más bonitos e inolvidables de este año sea la noche en que Maribel Verdú me llamó por teléfono entusiasmada después de leer «Pétalos de luna». «Me ha encantado, no; mucho más que eso. ¡Es maravillosa!» No cabían en el acto de presentación tantas cosas bonitas como me dijo por teléfono; pero que veía la novela convertida en una gran película y que ella quería ser una de las dos mujeres, Clara o Noelia, eso sí lo repitió.

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Abuela bantú, padre tirolés, madre esquimal

¿Alguien recuerda todavía las barajas de familias? Abuelo bantú, madre china, hija árabe, padre tirolés… Cuánto me gustaba jugar con aquellos naipes cuyos unos personajes, todos ellos alegres, trabajadores y valientes, parecían ponerse contentos cada vez que llegaban a mis manos y me decidía a completar su familia. Además de divertirme mucho, gracias a esa baraja supe que existían los bantúes, que los tiroleses tocaban instrumentos musicales, o que los esquimales pescaban en el hielo.

El  Encuentro Internacional que Aragón Exterior (Arex) ha celebrado esta semana en Zaragoza evocaba ese delicioso juego. La cita ha reunido a los delegados que Arex tiene en distintas partes del mundo (China, Argentina, México, Sudeste asiático, Bulgaria, Rusia…) y que se ocupan de  acompañar en el país de destino a las empresas aragonesas que desean abrir nuevos mercados en el extranjero. Más de mil empresarios han acudido estos días a entrevistarse con ellos y a conocer las ventajas y desventajas que les ofrecen las particularidades de cada territorio.

Los delegados, tan encantadores como los personajes de aquella baraja, han pasado tres días consecutivos atendiendo uno tras otro a todos los empresarios que lo solicitaban. Gracias a ellos he sabido que en Malasia se construye sin parar; que apenas existe el paro en los países del Sudeste asiático; que los indonesios son coquetos y que les gusta la perfumería y la ropa; que México es un proveedor estratégico para EEUU e Iberoamérica en el  sector del automóvil, y que es el principal exportador de pantallas planas de televisión en el mundo y el tercer país exportador de teléfonos móviles; que  hay catorce millones de judíos en el planeta y la mitad viven en Israel; que Turquía es un país olvidado por las empresas de la Unión Europea a pesar de sus cien millones de consumidores y de las grandes oportunidades de negocio que ofrece, etc.

Cuando creó la baraja de familias, Félix Alfaro Fournier, que llevaba décadas fabricando “baraja española”, ya estaba “familiarizado” con el éxito internacional. Quizá con aquellos naipes tan innovadores quiso, como buen hombre de cartas, hacer un guiño a los niños-futuros empresarios de aquella generación: el juego-negocio no estaba solo en su país sino en el mundo. Justo lo que han venido a decir los delegados.

PD. Yo les doy la razón. De momento, mi novela “Pétalos de luna” ya la compran todo el mundo.

Con delegados y compañeros de Aragón Exterior

Con delegados y compañeros de Aragón Exterior

 

Arte y redes sociales

Regresábamos a casa después de pasar la “Noche en blanco” en el Museo Ibercaja cuando una radiante luna llena nos sorprendió sobre la fachada del Teatro Principal. Eran las dos de la madrugada del segundo día del verano y el paseo Independencia de Zaragoza olía a azahar y a chocolate caliente.

“Salimos de una exposición y vemos el mundo de manera distinta, vemos cosas que hasta entonces no habíamos visto” (Carles Ulises Moulines). Leí esta frase precisamente esa misma tarde en un libro sobre Imaginación científica. Ciertamente, los artistas nos presentan los objetos bajo una luz distinta. Por otra parte, situarnos ante la belleza del arte, en cualquiera de sus manifestaciones, abre nuestra mente y nuestro espíritu y nos enriquece.

Una facultad similar a esa maravillosa virtud del arte la tiene la comunicación, las relaciones humanas, y, de manera especial, la comunicación con personas a las que acabamos de conocer o que apenas conocemos.

Las redes sociales nos permiten descubrir nuevos objetos, nuevos hechos, nuevos gustos, nuevos intereses, nuevas formas de vida y nuevos puntos de vista que en ocasiones se asemejan a los nuestros y en otras son del todo opuestos. Podemos elegir a quién leemos, con quién nos relacionamos (independientemente de dónde se encuentre), y algo que siempre ha sido tan complejo como la comunicación se convierte, gracias a Internet, en algo sencillo incluso para los más tímidos. Sencillo y, en la mayoría de las ocasiones, altamente gratificante.

Escribí más abajo un artículo sobre Miquel Fuster, el dibujante que fue mendigo. Una de las conclusiones que extrajo de esta dura circunstancia fue que en el mundo hay “mucha más gente buena que mala”.

Las redes sociales son un éxito rotundo precisamente por esa afirmación de Fuster. Las malas experiencias de comunicación en el entorno de las redes sociales son excepciones; de lo contrario, ya no seguiríamos allí. Confieso que, a mí, estos cauces informáticos a través de los cuales nos hacemos partícipes unos a otros de opiniones, de logros, de sentimientos, etc. me han proporcionado muchas alegrías. Me ayudan a conocer un poquito más el mundo y a la humanidad, y, por tanto, a amarla más, con toda su fuerza y su fragilidad (y con toda la mía), porque solo es posible amar aquello que se conoce. Puedo decir de las Redes lo mismo que Carles Ulises Moulines de las exposiciones: salgo de Facebook (o de Twitter) y veo el mundo de manera distinta, porque he visto cosas que hasta entonces no había visto.

En la “Noche en blanco” de este año se combinaron el arte y las redes sociales de manera especialmente grata: cuando me despedía de la directora del Museo, un hombre se acercó a saludarme:

–No sé por qué circunstancia, pero somos amigos en Facebook –dijo.

Confieso que yo tampoco sé por qué circunstancia. Tengo amigos en esta red a los cuales no conozco en otro entorno. ¡Y ahí está la maravilla! Para comunicarme con mis amigos tengo el teléfono, el whatsapp, el email… Las redes son un canal más. Sin embargo, para comunicarme con el mundo tengo las Redes y la Literatura. Y ambas me parecen sendas formas de arte (salvando las distancias) porque las dos exigen esfuerzo, cariño y sensibilidad.

Me hizo muy feliz que un amigo de Facebook se acercara a saludarme. No sé si fue por eso, por la música del cuarteto de cuerda o por haber estado contemplando la obra de Goya, pero después percibía el olor a azahar con mayor placer e intensidad.

 

Al salir del Museo. En el Paseo Independencia.

Al salir del Museo. En el Paseo Independencia.

 

 

 

El soneto de Quevedo es la solución policial, metafísica, al enigma de «Pétalos de luna» (Por Mariano Gistaín)

Pétalos de luna condensa la justicia del amor y el desamor, quizá la justicia del universo, que es inaccesible pero a veces se puede intuir. El que engaña queda atrapado en su mentira, y esto le condena y al mismo tiempo le redime, pues para él su mentira es la única verdad. Vive en ella y vive en el mundo real, donde su mentira provoca un dolor que trasciende la novela.

Noelia consigue ser amada sobre todas las cosas, más allá del tiempo y la cordura.

Ha pagado un precio muy alto, al menos desde la perspectiva de los vivos. Los dos triunfan más allá de la muerte en su fracaso compartido.

Héctor no reconoce su fracaso, sus mentiras y su culpa. El mundo ha de ajustarse a sus designios, que quizá son los de Noelia: ella lo buscó, lo sacó de la nada, lo invoca y le hace vivir doblemente. ¿Quién se hubiese resistido?

Desde ese primer encuentro, cuando ella lo seduce –en la presentación de un libro–, Héctor no es dueño de su vida. Los demás, los pretendientes, con mucho menos motivo (utilizados como cebo, como consuelo, como pasatiempo), aún no se han recuperado. La anhelan, se culpabilizan, la esperan.

Clara, la narradora y amiga íntima de la protagonista, escribe un libro por encargo, la novela contiene un informe. Clara abre una investigación que llegará hasta el final, que es donde todo comienza de nuevo. El final es el principio, el final está en la conciencia de cada lector, que cancela estas vidas o las incorpora a su continuum de ficciones y realidades, a menudo indistinguibles. (A veces veo llegar a Noelia a las citas del parque. La veo salir de la fuente como la dama del lago).

La novela lleva dentro un diario y el diario contiene los emails impresos. Los cuadros de Noelia siguen colgados en las paredes y los libros se abren al azar de los días o se aprietan en sus bits, por las estanterías: el soneto de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte” es la solución policial, metafísica, al enigma de Pétalos de luna. El diario de Noelia escribe desde dentro la novela. El diario formatea el presente más allá de la muerte.

Clara, cuya vida ha sido suspendida en ese limbo del paro, en esa invisibilidad de la ausencia de amor, tiene que convivir con la evidencia de que todos los testigos siguen enamorados de su biografiada y amiga: Noelia está más viva que ella, pues los pretendientes la siguen deseando, la añoran, la viven o viven en ella. ¿Cómo acercarse ahora al parque donde Héctor la espera o a esa estación de Delicias que acaso ha sido erigida como un mausoleo que pueda acoger el vestíbulo que propicie su llegada?

Condenados a vivir eternamente sus vidas normales, sus vidas sin ella, los enamorados se resignan a frecuentarla en la misma novela que da testimonio de su marcha irremediable (a veces la veo llegar a las citas del parque).

Un fragmento de «Yaya Fina y la cadiera de San Antonio» (primera novela de Mariano Gistaín y María Pilar Clau)

Doña Fina reunió a sus tres nietos en una chocolatería de Zaragoza: a Lucía, de once años, y a Toño, de siete (descendientes ambos de su hijo Antonio), y a Siansey, hija adoptiva de su primogénita, Marisa. Era el primer encuentro de la abuela y sus dos nietos pequeños con Siansey, pues Marisa rompió toda relación con su madre y con su hermano en el mismo instante en que le entregaron a la niña, cuando esta era todavía un bebé.

Sin embargo, ahora Siansey estaba a punto de cumplir quince años y Fina necesitaba revelarle una verdad que no podía ocultar por más tiempo. El destino de la humanidad dependía de que la joven conociera y aceptara esa verdad. Con la ayuda de sus otros dos nietos, consiguió verla a escondidas.

–Siansey, tú sabes que nuestra familia desciende de Laluenga, y que es allí donde está mi casa; mía y vuestra –dijo Fina.

–Mamá me habló una vez de Laluenga –recordó Siansey.

–Una noche de 1613, un peregrino llamó a la puerta de esa casa. Nuestros antepasados lo acogieron, compartieron con él su cena y le ofrecieron una cama donde descansar. Él agradeció la hospitalidad, pero prefirió dormir en la misma cadiera en la que se había sentado junto al fuego. Cuando los demás le dieron las buenas noches, el forastero les desveló que era San Antonio de Papua –refirió Fina a su nieta.

–¿Qué es una cadiera? –interrumpió Siansey.

–¿No lo sabes? Pues yo soy más pequeño y lo sé –respondió Toño.

–¿Es lo que dibujasteis en la carta? –preguntó de nuevo Siansey.

–La dibujé yo –afirmó Toño.

–Pues por eso no sé qué es una cadiera –replicó Siansey mientras se reía y acariciaba cariñosamente la cabeza de su primo.

–Una cadiera es un banco de madera –intervino Lucía.

–A la mañana siguiente –continuó Fina–, cuando se despertaron, el peregrino se había marchado; pero no sin agradecer la hospitalidad de nuestra familia. Nos dejó un don: curar. Ese carisma se viene transmitiendo de generación en generación a través de las mujeres. Solo ellas pueden ejercerlo.

Dibujo de Marina Prieto Clau (2008)

Dibujo de Marina Prieto Clau (2008)