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Ponga en este blog su publicidad: le resultará más barato y más efectivo

Las redes sociales no son una moda que va a pasar, “hay empresas que se han arruinado esperando a que pase”, dijo ayer en Zaragoza el Marketing Manager Manuel Alonso Coto. Las redes sociales han revolucionado el universo de la publicidad: los clientes ya no están donde estaban; están en las redes sociales.  Teniendo en cuenta la máxima del marketing “hay que pescar donde están los peces”, las empresas deben volcar ahora su creatividad y sus recursos en las redes sociales si desean obtener un buen retorno de inversión.

“El marketing tradicional está saturado y ya no impacta. El placement (publicidad en películas o series de televisión) también lo está. Cualquier canal digital es más eficaz y más barato que los tradicionales para vender”, aseguró Manuel Alonso Coto. Los clientes son sociales y, por tanto, el marketing también ha de serlo. La batalla no se libra en el producto, se libra en la mente del consumidor. Él decide.

Las redes sociales permiten escuchar a los consumidores (conocer sus necesidades), crear experiencias relacionales marca–cliente y lograr que sean ellos mismos quienes recomienden un producto o un servicio. El valor del capital conversacional (el boca a boca) es más eficiente en las redes sociales; en una semana es posible transformar una marca local en una marca global.

Sin embargo, el marketing digital es puramente táctico y requiere de una estrategia bien trazada para poder aprovechar todo su valor. Es necesario redefinir primero una propuesta de valor, a continuación hacer que todo el mundo hable de ella y hacerlo lo más rápidamente posible.

Mapi Rivera, Yolanda Tabanera y Esther Pizarro, tres maestras de Comunicación a través del Arte

“No conoce el discurso de la Verdad sino quien lo escucha por medio de la Verdad…” Muhyiddin Ibn’ Arabí

Mapi Rivera, Yolanda Tabanera y Esther Pizarro participaron recientemente en el encuentro “Tres artistas frente a su obra”, organizado por la Obra Social de Ibercaja en el marco de la exposición “El eterno femenino”. Cada una de ellas habló de su particular proceso creativo y, en esa acción de contar algo tan íntimo, tan desacostumbrado para los no artistas y tan escasamente material, revelaron que su trabajo es, fundamentalmente, comunicar el resultado de otro acto de comunicación entre lo material y lo espiritual o lo filosófico. Transmitir, plasmar, es solo el último paso de la experiencia artística; el primero es escuchar, buscar, conocer.

Mapi Rivera desveló que su gran fuente de inspiración es la poesía mística, “que tiene la capacidad de comunicar directamente con una realidad sagrada”.  Las lecturas de Ibn’ Arabí inspiraron su obra «Mares sin orillas», que se muestra en Patio de la Infanta. “Las iluminaciones de los místicos son como mares sin orillas, pero la orilla es el referente, donde plasmas tu experiencia”, explicó Rivera, y añadió: “cuando comunicas con algo que te sobrepasa tienes la necesidad de plasmarlo en la pintura, en la escritura…”

Yolanda Tabanera utiliza la práctica artística “como una oración, una especie de vibrar  profundo”. Le gusta escuchar al material artístico, del que afirma que tiene un sentido mágico y espiritual capaz de trasladarla a otros lugares. Dice Yolanda que el arte debe indagar en las cuestiones internas de la humanidad, en lo profundamente humano y considera que ofrece la posibilidad de enriquecer esta realidad. «Peso precioso» es la obra que exhibe en Patio de la Infanta.

También el trabajo artístico de Esther Pizarro tiene como punto de partida la existencia humana. Las referencias filosóficas son clave en su proceso creativo y necesita leer mucho para crear. Cuenta que “el artista filtra la realidad a través de la mirada, ese es el centro del proceso creativo”. Observa puntos de energía que comunican a unos seres con otros y traza mapas invisibles de esos puntos y de las vías de comunicación entre ellos. Esos mapas pueden verse en la obra que Esther expone en “El eterno femenino”, «Doble identidad”.

El Arte y la Comunicación no se limitan a lo que nuestro cuerpo físico percibe por los cinco sentidos. Somos algo más que un cuerpo físico. Salir de los límites que impone lo material, transcenderlos hacia lo superior o hacia el interior, no solo nos hará más libres, sino que nos descubrirá la verdad.

Las artes, el silencio, la meditación, la oración son necesarias para mejorar nuestra capacidad de escuchar, de conocer, de abarcar y, por supuesto, de transmitir.

El psicólogo Abraham Maslow afirma en su obra “La personalidad creadora” que «la educación a través del Arte puede ser especialmente importante no tanto para producir artistas u objetos de Arte sino más bien para obtener personas mejores». Si educamos la Comunicación con materia artística, si introducimos en ella la inspiración, el espíritu y la belleza del Arte, la Comunicación se hará más pura, más sincera y, en consecuencia, más eficaz.

Yolanda Tabanera, Esther Pizarro y Mapi Rivera en Patio de la Infanta. Foto de Luis Correas.

Yolanda Tabanera, Esther Pizarro y Mapi Rivera en Patio de la Infanta. Foto de Luis Correas.

La Comunicación a escena

El Teatro contribuye poderosamente al crecimiento individual. Fomenta el respeto y la consideración hacia el trabajo de los demás; desarrolla la creatividad, la imaginación y la espontaneidad, la observación, la sensibilidad y la tolerancia, la empatía, el pensamiento divergente y la conciencia crítica.

Ser actor de teatro, pero también ser espectador, es un ejercicio de observación, de escucha, de respeto y de cooperación. Y si es esta una práctica muy recomendable para cualquier persona, lo es especialmente para quienes nos dedicamos a la Comunicación. Pese a que todas esas habilidades se nos presuponen, puesto que forman parte de la esencia de nuestro trabajo; por desgracia, no están demasiado extendidas y muchos confunden comunicar con informar, con defender, con vender… Y comunicar es mucho más: es conversar.

“Los hijos de Kennedy”, la obra que puede verse hasta el domingo en el Teatro Principal de Zaragoza, pone de manifiesto especialmente la función comunicadora del teatro. La obra que dirige Jose María Pou no es solo una exhibición del talento de cinco actores extraordinarios: Maribel Verdú, Ariadna Gil, Emma Suárez, Fernando Cayo y Álex Garcia; es también un reto para el espectador: el reto de escuchar a cinco personajes que uno a uno se dirigen a él y le cuentan su vida. Cinco vidas distintas; historias afectivas, historias de sueños y de decepciones.

El espectador tiene la posibilidad de ejercerse en empatizar con cada personaje. Comprender sus palabras pero también los sentimientos que las empujan y los que empujaron las acciones que se narran. El espectador tiene la oportunidad de inventar un vínculo entre ellas, de crear una sola historia con todas las que está escuchando, y de sentirse parte de esa conversación, de ese acto de comunicación artística que comienza en el momento en que se apagan las luces de la sala.

El Teatro posee una carga intelectual y afectiva importante, pero también la tiene la Comunicación, la buena comunicación. Cualquier forma Arte es una manera de comunicar y los comunicadores profesionales podemos aprender mucho de cada una de ellas. Del teatro, todo.

Emma Suarez, Fernando Cayo, Maribel Verdú, Álex Garcia y Ariadna Gil en el Teatro Principal de Zaragoza

Emma Suarez, Fernando Cayo, Maribel Verdú, Álex Garcia y Ariadna Gil en el Teatro Principal de Zaragoza

Se hace camino al andar

En mis paseos casi diarios me gusta observar las distintas vías de comunicación que se cruzan unas con otras o discurren paralelas: carreteras, paseos, caminos, sendas, puentes, escaleras (unas con barandilla y otras sin ella), el río, el canal, el cielo… Hay días en los que apenas me encuentro con nadie: algunos coches, algún avión, alguna bicicleta… Y hay otros en las que se me antoja que todos nos hemos puesto de acuerdo para salir a la misma hora y, por esas vías que otros días están vacías, circulan aviones, coches, autobuses escolares, bicis, patines…, excepto barcos. Barcos, ninguno. Ni por el río, ni por el canal. Entre los que vamos a pie, estamos los que caminamos deprisa, los que pasean despacio, los que van en bici, los que patinan, los que corren, los que se sientan en los bancos a beberse esos deliciosos rallos de sol de invierno… Algunos salen a pasear con paraguas (por si acaso) aunque solo se vea una nube allá a lo lejos, en el horizonte. Los hay que van tapados hasta las cejas y los hay que salen en manga corta. Unos van disfrutando del paseo y otros van pensando en la de cosas que tienen que hacer después, pero claro, ¿y la tensión? ¿y el colesterol? Lo primero es lo primero. Algunos van a pasear a los perros (uno, dos o incluso tres). ¿Se acuerdan de cuando les contaba que no podía adentrarme sola en los parques porque me daban miedo los perros? Algunos chicos se paran entre los árboles a hacer slackline. Una señora se detiene admirada ante un joven que hace equilibrios sobre la goma. Después de observarlo un rato, le dice: “¡No estás poco mejor aquí que en el ordenador!” El slackline, los bancos, los miradores, una fotografía o los besos (para los enamorados), son algunas excusas para detenerse. Algunas personas caminan en grupos o en pareja, y otros, solos. Unos saludan y otros, por el contrario, miran hacia el suelo o fijan la vista al frente cuando se cruzan con otros.

Es la vida. Para unos el sosiego de la vida, la pausa, el entreacto, el respiro. Para otros, el entrenamiento, los deberes del médico, o de uno mismo. Y luego están los que no han salido porque es invierno y hace frío. O porque tenían que trabajar (dichosos ellos en estos tiempos de crisis y paro).

A veces me da pereza salir y siempre encuentro distintas razones para no hacerlo; sin embargo, cuando las he desterrado todas me siento satisfecha. Será que, como dijo Alejandra Vallejo Nájera hace pocos días en Zaragoza, la satisfacción de la conquista existe, y nos motivamos con nuestros propios logros.

En cada paseo aprendo alguna cosa, y gracias a esas citas con la naturaleza y con los otros paseantes con quienes no hablo, he aprendido que, en ocasiones, los impulsos son más acertados que las decisiones (estas últimas seguramente me impedirían pasear gran parte de los días), que venciendo la pereza y el miedo se llega mucho más lejos, que si cambiamos las viejas rutas por otras nuevas descubrimos nuevas vistas, que un mismo camino se puede recorrer en sentidos distintos y si cambiamos el sentido descubrimos otro punto de vista.

He aprendido que puentear no tiene por qué ser siembre una falta de respeto, sino que es una necesidad cuando lo que pretende es saltar un obstáculo que te impide descubrir algo tan luminoso como la verdad. Y que para evitar ser puenteado es preciso ser transparente y noble, y saber alimentar esa verdad.

Cruces de caminos árboles web

Río puente paseantes web

Río luz paseo web «La verdad es lo que es
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés»
(Antonio Machado)

Las fotos son de Mariano Gistaín.

«Pétalos de luna» en el Paseo Independencia

Me ha hecho mucha ilusión encontrarme en el Paseo Independencia con un cartel en el que aparecía «Pétalos de Luna» como libro recomendado por Tagus.
Comparto con vosotros un fragmento de la novela en que el que se cita el paseo.

«…Pasearon por Gran Vía, por Independencia. Fueron horas de frío y de calor extremos, de amor y de caricias, de pasión desatada, de sueños, de secretos callados y de miedos. Noelia empezó a sentir miedo a perderle. Le escribió este email al día siguiente, pocas horas después de que él se marchara:
 Aquí estoy amándote, Héctor. Como se ama a la Vida.
Este año que ha comenzado no me he sentido desprotegida ni un solo instante. Nos vemos con más frecuencia que nunca y no dejas que pierda el sabor de tus besos, ni que tus caricias se desprendan de mi piel.
Me siento más tuya, más amada, más feliz. Tanto que tengo miedo. Anoche me hablabas del abismo cuando nos asomábamos al río y hoy miro en cualquier dirección y todo lugar y todo tiempo donde no estés tú conmigo me parecen abismos aterradores. Solo me conforta el recuerdo de tus palabras: «nunca te perderé».
Noelia»

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Pétalos de luna (Nochevieja de 2000)

Se despidieron a las ocho y veinte de la mañana. Él se marchaba a Jaca a pasar la Nochevieja con dos amigos. Habían alquilado un apartamento. Ella celebraría el fin de año con los suyos —entre ellos, yo— en Zaragoza.
—No va a pasar la noche con ella —recuerdo que me dijo cuando me llamó cerca de las tres de la tarde para quedar esa noche. Y supe así que seguía enamorada.

Nos reunimos para cenar una treintena de amigos y nos habían puesto las sillas muy apretadas para aprovechar el sitio, pues había unas cuantas pandillas más en el mismo restaurante. Era difícil moverse de la mesa una vez que habías conseguido tomar asiento, y también lo era saber qué copa era de cada quién y qué cubierto estaba dispuesto para cada cual. Noelia encajó su móvil en el escaso espacio que había entre sus copas y las mías. Todavía no habíamos acabado de acomodarnos todos cuando sonó. En la pantalla leyó un número que no estaba en su agenda. Respondió y se le encendió la cara. ¡Era Héctor! Mientras hablaba se levantó, cruzó el restaurante sorteando la multitud y salió a la calle. La veía cada vez que alguien abría la puerta para entrar o salir, a veces de espaldas, otras de perfil mirando al cielo, siempre sonriendo. Cuando volvió estaba exultante.

—Me ha dicho que no ha dejado de pensar en mí en todo el día y que me está echando mucho de menos —me contaba mientras pelaba las gambas con el cuchillo y el tenedor—. Me ha llamado desde una cabina. ¿Tú sabes si las cabinas tienen un número con prefijo?
—Supongo, no sé.
—Es un 947, ¿sabes de qué provincia es ese prefijo?
—De Huesca, no. Si está en Jaca, es un 974.

El teléfono sonó de nuevo.
—¡El mismo número! —exclamó mientras se levantaba y lo cogía.

Regresó como si las estrellas le hubieran regalado sus destellos en esa noche tan especial. Traía las manos heladas y la cara ardiendo.

—Dice que han acabado de cenar y que, mientras sus amigos preparan las uvas, él ha bajado a la cabina a llamarme otra vez. Quería saber con quién estoy, si lo echo de menos. ¡Ay, Clara, está enamoradísimo de mí! Me dijiste que su novia era de un pueblo de Burgos, ¿no? No me extrañaría nada que estuviese pasando allí la Nochevieja. Igual está en su casa y con su familia y se está dando cuenta por fin de que a quien quiere es a mí.

Héctor volvió a llamarla inmediatamente después de las campanadas. Y después, cada hora, hasta la madrugada, aquel 947 iluminaba la pantalla del móvil de Noelia. A ella no le importaba la mentira sobre el lugar, ¿qué interés tenía ese pequeño detalle salvo para hacerle más evidente que la amaba de veras? Si estaba con su novia y la llamaba a ella a cada rato era porque su corazón no estaba con él. ¿Qué necesidad tenía de engañarla si no era porque la quería, porque prefería su amor, porque había decidido que sería esa su última mentira? Esa ansiedad, esa necesidad de ella que él manifestaba en sus reiteradas llamadas, era para Noelia un signo claro de que la amaba, de que no podía vivir sin ella. La mentira confirmaba que no quería que supiera que estaba con Inés.
Antes de acostarse, Noelia comprobó que, efectivamente, el 947 era el prefijo de Burgos, que el número desde el cual Héctor la llamaba era casi el mismo que el del ayuntamiento del pueblo donde vivía la familia de Inés, solo cambiaba la última cifra, y que era, en efecto, el de una cabina telefónica. Se desmaquilló y se acostó satisfecha, enamorada y feliz.
A las ocho de la tarde de ese mismo día, cuando él la llamó al teléfono de su casa, ella le preguntó si había llovido en Jaca y él no supo qué responder.
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Pétalos del luna

Cooperar para hacer frente a la deshumanización

El paro es un monstruo de muchas cabezas: la del miedo, la de la pobreza, la de la desesperanza, la de la tristeza, la del dolor, la del abandono, la de la soledad… A cada uno se le van presentando unas y otras en sucesivas fases, cada cual más horrenda que la anterior. Quienes nunca han tenido esta experiencia son, en su mayoría, incapaces de comprender. Los hay que siguen pensando que quien quiere trabajar trabaja. ¡Ay, qué poco conocen estos tiempos! ¡Y qué poco saben de humanidad! Y los hay que experimentan una suerte de regocijo al ver a los que han caído porque, al mirar al compañero parado se sienten “superiores”: ellos son mejores, no los han despedido, incluso quizá les hayan dado algún cargo mejor.  Sin embargo, nadie es superior a nadie excepto por la bondad. Y la bondad está lejos de quien no es capaz de comprender el dolor del otro e intentar ponerle remedio.

En estos días no puedo evitar acordarme de las palabras de un político en un acto de la Navidad de 2010. “Lo peor ha pasado ya -dijo muy ufano-. La crisis ha terminado y este año recuperaremos la bonanza económica”. ¿Qué les parece? Un lince, ¿no?

En verano de 2011 me quedé en paro y padecí los duros embates de la ausencia: ausencia de horarios, de obligaciones laborales, de compañeros, de llamadas… Advertí con horror que ni mis conocimientos ni mi experiencia eran necesarios para nadie. Como me decía esta semana mi compañera y amiga Elena, cualquier ventaja de este talante, lejos de abrir puertas, las cierra, puesto que muchos de quienes todavía conservan sus puestos nos miran a los “freelances”, “autónomos”, “emprendedores”… (llámese como se quiera) como una amenaza y, según Elena, nuestra preparación y nuestras habilidades sociales son inversamente proporcionales a las posibilidades que tenemos de que cuenten con nosotros. A más torpes, más posibilidades.

En 2011 llamé a muchas puertas. A dos de ellas con más ímpetu. Una rechazó de plano mi propuesta después de dos meses de haberme hecho albergar esperanzas; la otra la aceptó y sigo trabajando con ella. La admiro, la respeto y me siento inmensamente privilegiada por trabajar para ella. En cuanto a la primera, que en una de aquellas conversaciones que tuvimos me contó que tenía un puesto fijo, la han despedido en estos días.

He visto (y sigo viendo) caer muchas torres desde hace dos años y medio. También cayó aquel augur que con tanta solemnidad habló en la Navidad de 2010. Me admira la rapidez con que los que miraban hacia abajo han tenido que aprender a mirar hacia arriba. Algunos ni siquiera han aprendido a mirar. Quienes nunca cogían el teléfono ahora esperan desesperadamente que alguien les llame.

En una sola semana han imputado a dos personas que, en diferentes momentos de mi vida, me han dejado sin trabajo; uno, para poner en mi puesto a su novia (otro día lo contaré). Cuando he leído las noticias de las dos imputaciones he pensado que aunque las personas no somos justas, el mundo muchas veces lo es.

Solo en esta semana he recibido la noticia de tres compañeros que se han quedado en paro.  ¿Qué podemos hacer para que cese ya esta sangría? Visto que no podemos confiar en el sistema, que no siente, que no comprende… Bastante trabajo tiene ya con buscar dónde esconder el dinero que se han llevado y con convencer o distraer a la justicia… y a la sociedad. ¡Como si no conociéramos los que trabajamos en Comunicación cómo funcionan esas estrategias de distracción, las preferidas por los malos profesionales!

Visto, como decía, que no podemos confiar en un sistema que nos anula y que nos roba, habremos de poner todos cartas en el asunto y cooperar. Tomar conciencia de que el cambio es lo único seguro; que quien hoy está arriba mañana estará abajo y viceversa, y que, por tanto, es bastante ridículo mirar por encima del hombro a quien hoy no trabaja o a quien ocupa un puesto inferior, porque mañana nuestras posiciones habrán cambiado.

Quien ayuda, quien coopera, tiene más posibilidades de prosperar porque se abre también a la ayuda que el otro le proporciona, porque se gana la gratitud, el respeto y el cariño de los otros (lo cual de por sí ya tiene bastante valor); pero, sobre todo, porque la calidad de la persona no se la confiere el puesto que ocupa en la sociedad, sino su manera de estar en el mundo, su generosidad, su humanidad, su libertad, su humildad, su sabiduría y, en definitiva, su bondad, que es el compendio de todo esto.

La responsabilidad en la toma de decisiones pasa por tener en cuenta a los otros. En no olvidar que tan importante como el “yo” es el “tú”.

“Un placer hacer equipo”,  escribía en Twitter Nerea Vadillo en respuesta a la foto que acababa de publicar Elena Torres y que nos hicimos en la cena de Navidad de Dircom. Me gustó mucho esa respuesta: sin equipo, nos quedamos todos como simples espectadores de una obra dramática chabacana y grotesca.  Un placer disfrutar de la compañía y de la conversación de personas tan encantadoras como Elena y Nerea. Y también de Vanessa, aunque no salga en la foto.

“Un placer hacer equipo”, escribía en Twitter Nerea Vadillo en respuesta a la foto que acababa de publicar Elena Torres y que nos hicimos en la cena de Navidad de Dircom. Me gustó mucho esa respuesta: sin equipo, nos quedamos todos como simples espectadores de una obra dramática chabacana y grotesca. Un placer disfrutar de la compañía y de la conversación de personas tan encantadoras como Elena y Nerea. Y también de Vanessa, aunque no salga en la foto.

Vivir es maravilloso cuando estás rodeada de gente buena

 “Vivir es fácil con los ojos cerrados”, dice David Trueba, pero yo pienso que vivir es fácil cuando estás rodeada de gente buena, de gente en la que puedes confiar. Entonces no solo es fácil, es maravilloso.

Y además de maravilloso, vivir es divertidísimo en compañía de algunas personas que, además de bondad, poseen una agudeza y una jovialidad extraordinarias. Una de esas personas es Javier Cámara. Es difícil escucharlo cinco minutos seguidos sin que te haga reír, y dice cosas tan serias como que no debemos tener miedo a no conseguir lo que deseamos, que “hay que dejar que los niños sueñen sin tapujos, sin que nadie les diga que no se puede». Y opina que, aunque en su profesión el talento es importante, lo es mucho más ser tozudo. Yo creo que esto último lo dice por humildad, porque él el talento lo derrocha a raudales.

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Y he aquí más gente encantadora con talento e ingenio:

Los escritores Ismael Grasa y José Luis Melero, ambos también actores en "Vivir es fácil con los ojos cerrados"

Los escritores Ismael Grasa y José Luis Melero, ambos también actores en «Vivir es fácil con los ojos cerrados»

Jorge Sanz, Luis Alegre, David Trueba y Javier Cámara

Jorge Sanz, Luis Alegre, David Trueba y Javier Cámara

Comunicación cooperativa

Este miércoles participo en una «Jornada técnica de buenas prácticas e intercambio de experiencias emprendedoras» que se celebra en Belchite. Hablaré de Comunicación cooperativa. Y comenzaré igual que comienza una de mis novelas favoritas.

«En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas por la cabeza: “Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien –me dijo- ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas…”   Francis Scot Fitgerald, El gran Gastby
THE GREAT GATSBY

La amistad y la familia

Cada amigo es un universo especial de emociones y experiencias con el cual compartimos una forma única de experimentar la vida. Cuando un amigo nos presenta a la familia, esa indispensable materia prima con la que construimos la vida, esos dos mundos de conexión e intimidad (familia y amigos) forjan una alianza que proporciona al alma una seguridad profunda e incondicional.

Antón, Dani y Cuchi conocieron a mi familia el pasado 19 de enero, y esa fecha quedó señalada en mi corazón. Luis, cuando vino a entregarme el ramo de novia, un 13 de junio, día de San Antonio. El 26 de octubre (el pasado sábado) Antón, Dani (hijo de Antón), Cuchi, Luis, Ángel, Mariano (mi marido) y yo celebramos esa rica unión de amistad y familia gracias a Jorge, que fue quien trajo a los suyos esta vez.

Con Jorge. 26 de octubre.

Con Jorge. 26 de octubre.