Archivo de la categoría: Sentimientos

Queridísimo Luis: GRACIAS

«Maribel Verdú es una lectora inagotable desde que era niña. En los primeros años que la conocí hablaba de Scott Fitzgerald o Truman Capote. Le hacía ilusión que le regalara libros dedicados de Ignacio Martínez de Pisón, Mariano Gistaín, Javier Tomeo, Antón Castro, David Trueba, Bernardo Atxaga, Enrique Vila-Matas o Antonio Muñoz Molina. Y, luego, aún le hacía más ilusión conocer a los escritores que leía. Maribel siempre va acompañada de un par de libros. Cuando un libro le vuelve loca enseguida nos enteramos todos los amigos. Maribel no es de las que esconde sus mejores emociones. Uno de esos libros fue ‘Pétalos de luna’, la primera novela en solitario de María Pilar Clau. Para ella fue un placer presentarla en La casa del libro de Madrid, el año pasado, junto a Jorge Sanz. El público que asistió no estaba acostumbrado a escuchar a Maribel detallando el encanto de una novela».

Lo escribe el grandísimo Luis Alegre y lo publica en el Heraldo de Aragón del domingo 7 de diciembre y en Huffingtonpost. Es el comienzo del artículo «Eva y Felix» dedicado a la preciosa librería «Los portadores de sueños» en su décimo cumpleaños. Desde aquí aprovecho también para felicitarlos de todo corazón y para desearles que cumplan muchísimos muchísimos más. Cuando publiquen «Pétalos de luna» en papel querré presentarla en vuestra librería. ¿Me dejaréis? Espero que sea muy pronto.

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Lo mejor de mi cumpleaños sois vosotros

Hoy es mi cumpleaños y lo he celebrado de una manera muy especial, comiendo con mi marido ¡y con mi sobrino Pablo!
Hemos disfrutado muchísimo. A Pablo le encantan los helados, pero no le gustan fríos, así que hemos tenido que inventar otra modalidad. Ni siquiera eso es imposible cuando se trata de hacer felices a aquellos a quienes amamos.

Hoy es mi cumpleaños y soy muy feliz porque vosotros estáis enviándome mensajes en los que me deseáis que sea feliz. Y estoy rebosante de amor y de cariño porque estoy recibiendo amor y cariño a raudales en vuestras llamadas y en vuestros mensajes. Nada hace más feliz que amar.

Lo mejor de mi cumpleaños sois vosotros: todos los que me llamáis, los que me enviáis whatsapps, los que me felicitáis en las redes, los que os acordáis de mí pero no podéis llamarme o escribirme, los que me queréis pero no sabéis que es mi cumpleaños…

Gracias a mis queridos amigos de la Carroza Parramaca, a las «epipoteas», a los «incondicionales», a todos mis amigos de Facebook, a los que leéis lo que escribo en este blog, a mis seguidores de Twitter, a los que me enviáis mensajes, a los que me llamáis, a los que estáis leyendo mi novela…  Gracias por mover mi corazón, por agrandarlo, por poner a mil mi batería del amor.

Cuando le he dicho a Pablo que la patata frita que me daba era la mejor, me ha respondido: «es que te quiero tanto, que quiero darte siempre lo mejor». ¡Cuántas lecciones me da mi sobrino a sus  cuatro añitos!

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El misterio

El comienzo de este verano ha sido para mí tiempo de introspección; tiempo de silencio, de escucha, de lectura, de espera. No ha sido una cuestión de voluntad ni, por supuesto, de apatía; ha sido un verme de pronto deslumbrada por tantas cosas a mi alrededor, que necesitaba conocerlas y reconocerlas, admirarlas, familiarizarme de nuevo con ellas.

El comienzo de verano ha sido para mí tiempo de misterios y de observarlos hasta que, en ocasiones, estos llegaran a revelarse.

Tiempo de advertir que el propio tiempo es una broma que todos nos hemos creído hasta el punto de condicionar a ella nuestras vidas y nuestra piel.

Al tiempo le gusta jugar al escondite; sin embargo, nosotros no nos hemos dado cuenta de ello y no lo hemos buscado porque hemos creído que se va para siempre.

Incluso aprovechamos el tiempo para culparlo de casi todo.

Siempre subordinante y condicionante, llegamos a mirarlo como enemigo que domina nuestras vidas cuando podemos hacerlo subordinado, condicionado y fiel aliado. La paciencia es el secreto.

El fin de este largo silencio ha sido la primera fiesta de este verano, la del cumpleaños de Piti y de José. No sé si ha sido eso la que me ha dictado estas líneas sobre el tiempo. No lo sé. Quizá más que el cumpleaños y que la fiesta, fueron algunas cosas bonitas que allí sucedieron, o tal vez el quedarme ayer unos segundos preciosos ante la eternidad.

Y es que el tiempo de silencio prepara para que estas cosas no pasen inadvertidas.

BlogGracias a todos los que me habéis escrito o llamado para preguntarme cómo estoy porque no escribo. Aquí estoy de nuevo. Dispuesta a combinar el silencio y la escucha con las palabras sin dejar que se me escape el misterio.

Virus

Después de que me atacaran unas fiebres virulentísimas que me han tenido postrada catorce días y otros siete entre aturdida y exhausta, justo el primero en que me por fin me despierto con algo de energía y me dispongo a empezar la semana con fuerzas renovadas (y apenas nacidas), otro virus acecha a la vuelta de la esquina.

Me siento delante del ordenador, abro el correo y ¡estupendo! veo el mensaje que estaba esperando hace unos días.

Hola,
Echa un vistazo a estos accesorios que le envié a través de los documentos de Google. Para el acceso inmediato CLICK AQUI y firmar con su correo electrónico.
Respetuosamente,

Extrañamente respetuoso me ha parecido, pero como lo que importaba eran los documentos, me he lanzado a por ellos. Y allí, justo allí, me estaba esperando. A mí no me dañado esta vez, será que me inmunicé con las fiebres, pero ¡ay! el email infectado ha ido a parar a todos las direcciones que estaban en mi cuenta. Se me ha aparecido en forma de unos chalets en venta que no sabría decirles si bonitos o feos, si caros o baratos… porque en cuanto los he visto he empezado a temblar. No era eso lo que yo esperaba.

Al cabo de un par de horas, he comenzado a sentir el efecto del virus en forma de múltiples mensajes que me traían diferentes tonos y maneras: los había simpáticos, turbadores, profesionales, largos y amables, escuetos, generosos, indulgentes, asustados, geniales, secos, temerosos, comprensivos, cariñosos, emocionantes… Los emails se alternaban con whatsapps que, igual que los anteriores, comunicaban lo mismo de diferentes modos (estos, en general, más escuetos, aunque más repetitivos, y bastante graciosos), y también con algunas llamadas (todas ellas profesionales y entrañables, sobre todo, muy entrañables).

Pasado el día, he acabado alegrándome de haber abierto esos falsos documentos porque me han brindado la posibilidad de hablar con personas con los que hacía tiempo que no hablaba, de recordar a otras que es una suerte tener entre mis contactos, de consolar, de emocionarme, de conocer más cosas sobre algunos y algunas en concreto y, en general, de saber más cosas sobre el género humano. ¡Y hasta ha habido quien ha aprovechado la ocasión para concertar conmigo una cita profesional! ¡Vivan los que saben vivir y ver las oportunidades en un virus! ¡También me ha servido para ganar algún seguidor en Twitter y en mi página de Facebook! Y para pensar que también de las fiebres he debido de sacar algo bueno. Y… así fue, en efecto, perdí unos kilos, recibí muchos mimos… y hoy, que he estrenado nuevas fuerzas, me he dado cuenta de lo importante que es apreciarlas, aprovecharlas y no olvidarnos de cuidarlas cuando las tenemos.

Gracias a todos los que me habéis escrito o llamado con tanto cariño después de recibir el virus.

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Felicidades, papá

Hoy es el cumpleaños de papá.

Cuando lo hemos felicitado esta mañana, mi marido le ha dado las gracias por ser un ejemplo para nosotros. ¡Qué bien lo ha dicho! Él es un ejemplo en todo: en integridad, en honradez, en sabiduría, en respeto, en responsabilidad, en generosidad, en bondad, en justicia, en humildad…

Cuando he conocido a alguien que estudió con él, me ha dicho que tenía una inteligencia brillante o que era el mejor en Matemáticas. Quienes lo vieron jugar al fútbol me dicen que no había un jugador mejor que él. Yo digo que no se puede tener mejor padre.

La frase que más me ha repetido : «Haz bien y no mires a quién»

Te quiero, papá.

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La rosa de papel. A mamá

El primer regalo que le hice el Día de la Madre fue una rosa de papel. ¡Era preciosa! Yo tenía solo tres años y las chicas mayores de la escuela me ayudaron a colocar los pétalos. ¡Con cuánta emoción la llevé a casa! En un mano, la cartera; en la otra, la rosa y todo mi cuidado.

Entraría despacito, sin hacer ruido; subiría hasta mi habitación, y la escondería debajo de la cama (no se me ocurría un lugar más secreto) hasta el domingo. Tenía que superar tres tramos de escalera: el primero era el más delicado porque conducía a la cocina y al salón y allí estarían mi madre, mi abuela y mi hermana pequeña (mi hermano aún no había nacido). Si oían algún ruido fuera, saldrían y me descubrirían; pero, si lograba pasar al segundo tramo sin que se diesen cuenta, ya no había peligro. ¡Qué contenta se pondría mamá cuando le regalara la rosa!

Conseguí abrir la puerta de casa sin que me oyeran y cruzar el patio. Con la misma mano con la que cogía la cartera me sujetaba a la barandilla para subir las escaleras con pasos silenciosos. Al llegar al tercer escalón pensé que era mejor esconderme la rosa debajo del jersey, no fuera que alguien saliera en ese preciso instante y la viera. Así lo hice y emprendí de nuevo la subida con más cuidado todavía, apretándome el jersey lo suficiente para que no se me cayera la flor pero no tanto como para chafarla. Y entonces, no sé si tropecé o resbalé, pero me caí y, aún peor, se me cayó la rosa. Salió mi madre asustada y me vio en el suelo, y vio también la rosa, su rosa. ¡Qué disgusto más grande el mío! Mamá me cogió en brazos al verme llorar desconsolada. Ella creyó que me había hecho daño, pero yo lloraba por la flor, porque ya no sería una sorpresa para ella.

Todos los años, el Día de la Madre, me acuerdo de los besos que me dio cuando me cogió en brazos en aquella ocasión. Te quiero, mamá.

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Alma a quien todo un dios prisión ha sido…

Hoy he pasado por la plaza de los Sitios y he hecho esta foto. No puedo evitar mirar esta fachada cada vez que paso por delante y preguntarme en qué piso viviría Noelia Duch, la protagonista de “Pétalos de luna”. ¿Desde cuál de esas ventanas arrojó la dedicatoria que arrancó del libro de poemas?

Y me acuerdo de Maribel Verdú. Cuando me llamó entusiasmada después de leer la novela. Me dijo que “Pétalos de luna” le parecía “cinematográfica no, lo siguiente”, me habló, ente otras, de esta escena. Y también se refirió a ella en la presentación de la novela: “esa hoja de un libro que vuela en una noche terrible, unas palabras escritas hace cinco siglos que resucitan para decir una verdad que nadie desea crear con palabras de hoy”.

Os transcribo un trocito de la escena. Lo que ocurrió detrás de una de esas ventanas de la foto la noche del 27 de enero de 2001:

…“Héctor había introducido en el Paraíso, con premeditación y alevosía, la realidad doliente, el mismo infierno. Ya experimentaba mi amiga esa catábasis en su soledad desde hacía un año: el averno de lo incierto, los silencios, las ausencias, la otra vida de él, Inés. Pero no era lo mismo descender al ultramundo desde la tierra que hacerlo desde el mismo Paraíso. La realidad que ambos se habían esforzado en vencer con la fantasía la empujaba ahora al otro lado de la vida.
Le tocaba a Noelia poner fin a esa historia de mentiras, pero Héctor se le había adelantado. Él vencía. Él le presentaba en unos versos el fatal destino al que su amor estaba abocado. Ese destino que ella estaba empeñada en aplazar, en señalarle el lugar y la hora.
Se levantó, abrió los ojos y le enseñó sin pudor sus lágrimas, abrió el pecho y le mostró la herida sangrante, arrancó con furia la hoja en la que estaba escrita la dedicatoria, hizo con ella una pelota y la arrojó con rabia por la ventana.
—¿A esto has venido? ¿No podías habérmelo dicho por teléfono? —le gritó.
Jamás Héctor había imaginado a Noelia de ese modo. Jamás ella había estado así. Sacó toda la ira almacenada durante un año, le estalló el dolor comprimido de tantas horas de ausencia y de mentira.
Como mil caballos desbocados, como un temible volcán de lava ardiente, lava que era la amargura de un año reprimida, castigada sin salir de sus entrañas. Cielo horadado por piedras encendidas, Noelia rugía como un furioso oleaje de horrísonos espumajos. Miraba a Héctor con sus ojos volcánicos, que él nunca había visto en erupción. Ni los estaba viendo porque no se había atrevido a mirarla desde que puso en sus manos aquella desgarradora dedicatoria.
El tormento que mi amiga había estado soportando tantos días, los vientos y las lluvias que había estado conteniendo en su alma durante sus encuentros para que el sol brillara permanentemente en el Paraíso, para que las estrellas estuvieran todas las noches dispuestas de manera perfecta, para que no faltara nunca la luna, rompían ahora todos los diques de su cuerpo y de su alma, y la tormenta más cruel rasgaba el Paraíso en mil jirones. Y temblaba la tierra y un abismo se abría entre los dos amantes.
Poderosas palabras las del poeta que, cuatro siglos después, hacían temblar el Paraíso y frenaban las órbitas de todos los planetas del universo. «Amor constante más allá de la muerte», para decir que su amor ya no tenía tiempo ni lugar en esta vida.»…

 

La emoción de compartir un selfie

La imaginación ha llevado a diseñar mesas, sillas, bancos, camas… que se sostienen con solo tres patas, incluso con dos, y también las hay con seis o con ocho. Algunas se apoyan en ondas, bolas, asteriscos, etc. Sin embargo, lo habitual, lo original (por los orígenes) y lo seguro es que tengan cuatro. Hoy he entendido por qué. No me va a resultar fácil explicárselo; es posible no lo consiga, pero voy a intentarlo.

Imagínense el mundo, con el mar, la tierra, el cielo, el sol, las estrellas… Supongan a los hombres y mujeres que lo habitan, todos en general. Figúrense los sueños. Calculen las preocupaciones, los miedos, las dudas. Piensen en los problemas. Háganse una idea de las dificultades. Reflexionen sobre la alegría de estar vivos. Conciban los logros. Sospechen el alivio y la emoción de compartirlo todo.

Esther, de quien siempre digo que es la mujer más inteligente que conozco (ella no se enteró hasta ayer de que lo digo), decidió hacer un experimento y reunir a tres de sus amigas (Marian, Leles y yo) que no nos conocíamos de nada. Las tres nos entusiasmamos con la idea y hoy hemos compartido unas horas inolvidables. Y seguiremos…

Las patas de cualquiera de los muebles que he mencionado más arriba acostumbran a ser iguales: bien, pues nosotras también los somos.

¿Qué cuatro cosas tienen en común estas cuatro mujeres?

Esther, María Pilar, Leles y Marian 3

La sonrisa.

La satisfacción de haber encontrado algo que andaban buscando hace tiempo sin saberlo.

La alegría de quien acaba de darse cuenta de que, en adelante, el mundo se sostendrá sobre cuatro patas y será un lugar más seguro.

Y… las cuatro se han olvidado de pintarse los labios.

Pero Leles se ha dado cuenta al ver la foto, ha sacado del bolso una barra de carmín fucsia… et voilà! Preparadas para el selfie.

Selfie

Y como nos ha sabido a poco

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Preludio de la primavera

Ayer vi la primera amapola de este año. Estaba sola, junto a una fuente, y yo pasé a su lado sola también. Me saludó y le di las gracias porque sentí que me anunciaba un tiempo nuevo de alegría y de esperanza.

De niña, de muy niña, creía que las amapolas eran unas rosas a las que no les habían salido todos los pétalos. Yo prefería las rosas: pétalos y pétalos superpuestos en perfecta armonía, su tacto de terciopelo y esa fragancia tan leve y tan distinguida. Aunque la rosa sigue siendo mi flor favorita, cada vez más me siento cautivada por la amapola. Me conmueve su fragilidad escondida tras la fuerza de ese rojo intenso que no existe en ningún pantone. Sigo soñando en ella el preludio de una rosa y, más que soñar, observo, escucho en las amapolas la obertura de un concierto mágico en el que intervendrán también la flor del almendro, las margaritas, los renuevos de las plantas y de los árboles… Un espectáculo de composiciones magistrales que solo una vez al año tenemos la oportunidad de disfrutar.

Los dos primeros poemas que tuve que aprender en la escuela fueron: uno a una rosa y otro a una amapola. Quizá era tan pequeña cuando los aprendí que no supe distinguir si hablaban de la misma flor y le daban nombres distintos. Los copio debajo de la foto.

Marina en el campo con una amapola

Novia del campo, amapola (Juan Ramón Jiménez)

Novia del campo, amapola,
que estás abierta en el trigo;
amapolita, amapola,
¿te quieres casar conmigo?
Te daré toda mi alma,
tendrás agua y tendrás pan.
Te daré toda mi alma,
toda mi alma de galán.
Tendrás una casa pobre,
yo te querré como un niño,
tendrás una casa pobre
llena de sol y cariño.
Yo te labraré tu campo,
tú irás por agua a la fuente,
yo te regaré tu campo
con el sudor de mi frente.
Amapola del camino,
roja como un corazón,
yo te haré cantar al son
de la rueda del molino;
yo te haré cantar, y al son
de la rueda dolorida
te abriré mi corazón,
¡amapola de mi vida¡
Novia del campo, amapola,
que estás abierta en el trigo;
amapolita, amapola,
¿Te quieres casar conmigo?

 

La rosa del jardinero (Serafín y Joaquín Álvarez Quintero)

Era un jardín sonriente;
era una tranquila fuente
de cristal;
era a su borde asomada,
una rosa inmaculada
de un rosal.
Era un viejo jardinero
que cuidaba con esmero
del vergel,
y era la rosa un tesoro
de más quilates que el oro
para él.

A la orilla de la fuente
un caballero pasó,
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
Y al notar el jardinero
que faltaba en el rosal,
cantaba así, plañidero,
receloso de su mal:

—Rosa la más delicada
que por mi amor cultivada
nunca fue;
rosa, la más encendida,
la más fragante y pulida
que cuidé;
blanca estrella que del cielo
curiosa del ver el suelo
resbaló;
a la que una mariposa
de mancharla temerosa
no llegó.

¿Quién te quiere? ¿Quién te llama
por tu bien o por tu mal?
¿Quién te llevó de la rama
que no estás en tu rosal?
….