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Si Wert tuviera un huerto de tomates
Que la película ganadora de los premios Goya 2014 («Vivir es fácil con los ojos cerrados») «transpira honestidad moral», como dijo su director, David Trueba, quien también recibió el Goya al mejor director, no solo es una gran verdad, sino que es una de las cosas más bonitas que se pueden decir de una película, de cualquier empresa y de cualquier persona.
En un mundo donde parece que nos hemos acostumbrado a la mentira, al abuso, a la corrupción, a la falta de educación y de respeto, a la falta de honestidad, cuando aparecen por algún lado la verdad, el respeto, la educación, la honestidad… destacan, resplandecen. Por eso la película de David es una película que estaba destinada a brillar. La honestidad del profesor al que da vida Javier Cámara (Goya al mejor actor), su valentía, su perseverancia a la hora conseguir sus sueños sin dejar a nadie tirado en el camino, su sentido de la justicia… son difíciles de hallar en la realidad en la que vivimos. Y no me refiero tanto a la realidad más cercana en la que vivimos, porque, como dijo David, «seguro que este país es pobre en dinero, en recursos naturales, pero es rico en cierta gente que no tiene ninguna visibilidad y en eso somos responsables la gente del cine y de los medios, la gente humilde que hace bien su trabajo, que son honestos», sino que me refiero a la realidad que vemos todos los días en los medios de comunicación: el poder, los poderosos de este país, se caracterizan justo por lo contrario. ¡Y no digamos nada de los mediopoderosos! Esos observan los mayores defectos de los que tienen más poder que ellos como si fuesen grandes virtudes y se afanan en imitarlos: el mismo grado de servilismo que emplean con sus superiores, lo emplean en mezquindad con los que consideran inferiores.
Me gustó mucho la película, pero la escena con la que más disfruté fue con la del huerto de tomates (lo digo así para no hacer spoiler). Ay si Wert tuviera un huerto de tomates…
¡Enhorabuena David! y ¡enhorabuena, Javier!
Otras entradas sobre la película
Vivir en el mundo como entre amigos
Vivir es maravilloso cuando estás rodeada de gente buena
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Héroes infalibles
José Antonio Marina: «La culminación de la inteligencia es la bondad»
“La culminación de la inteligencia no es el conocimiento, sino la bondad”, dijo el filósofo José Antonio Marina este jueves en Zaragoza. Para él, el sistema educativo se ha equivocado en la jerarquía de los asuntos: ha puesto siempre la verdad como objetivo y, de esta manera, hemos progresado en ciencia y en otras materias de conocimiento, pero hemos fracasado en resolver problemas fundamentales que se habrían resuelto si el objetivo hubiera sido la bondad.
Una persona buena es “una persona que sabe cuál es la mejor solución a un problema que afecta a una comunidad y, además, tiene la valentía de ponerla en marcha”. La función de la inteligencia “no es conocer –aseveró el filósofo–, sino dirigir bien el comportamiento aprovechando la mejor información posible, gestionando las emociones y ejecutando las decisiones”.
“De nada vale que el entendimiento se adelante si el corazón se queda”, escribió el aragonés Baltasar Gracián, y ayer lo citó José Antonio Marina para ilustrar la importancia de las emociones y los valores en el desarrollo del talento. La capacidad de generar talento es hoy la principal fuente de prosperidad y nivel de vida de un país, y es necesario generarlo, apuntó Marina. Pero hablar del talento no es hablar de inteligencia, sino del uso de la inteligencia. Definió el talento como “la capacidad de elegir bien las metas y movilizar los conocimientos emociones y decisiones necesarias para alcanzarlas”.
Todos necesitamos sentir que progresamos, sentir que ampliamos nuestro campo de acción, y para ello hemos de ponernos metas. “Mediante las metas nos seducimos desde lejos con un proyecto bello, porque no estamos hechos para la mediocridad”, dijo José Antonio Marina y subrayó que es importante no perder en ningún momento el significado de lo que estamos haciendo, no olvidar que estamos en el camino hacia esa meta.
José Antonio Marina ama la poesía porque cree que ilumina la realidad, «nos descubre los pequeños tesoros que están en las cosas y nos pasan inadvertidos y nos hace ver lo cotidiano de un modo más brillante, más emocionante, más divertido». Y ama el baile (quiso ser bailarín) por la capacidad que tiene de transformar el esfuerzo en una cosa bella, algo que, según él, no se da solo en el baile, también se da en el pensamiento, en las relaciones y, por supuesto, en el aprendizaje.
Estamos en la era del aprendizaje, la era que nos exige a todos el esfuerzo de seguir aprendiendo cada día y para siempre; sin embargo, ese esfuerzo “no es una condena sino una bendición que nos mantiene jóvenes”. Puesto que hemos de seguir aprendiendo, ¿por qué no nos ponemos como objetivo la bondad?
5 de febrero, Santa Águeda
Igual que nosotros no hemos olvidado el tiempo que estuvo con nosotros, sabemos que ella tampoco.
Mapi Rivera, Yolanda Tabanera y Esther Pizarro, tres maestras de Comunicación a través del Arte
“No conoce el discurso de la Verdad sino quien lo escucha por medio de la Verdad…” Muhyiddin Ibn’ Arabí
Mapi Rivera, Yolanda Tabanera y Esther Pizarro participaron recientemente en el encuentro “Tres artistas frente a su obra”, organizado por la Obra Social de Ibercaja en el marco de la exposición “El eterno femenino”. Cada una de ellas habló de su particular proceso creativo y, en esa acción de contar algo tan íntimo, tan desacostumbrado para los no artistas y tan escasamente material, revelaron que su trabajo es, fundamentalmente, comunicar el resultado de otro acto de comunicación entre lo material y lo espiritual o lo filosófico. Transmitir, plasmar, es solo el último paso de la experiencia artística; el primero es escuchar, buscar, conocer.
Mapi Rivera desveló que su gran fuente de inspiración es la poesía mística, “que tiene la capacidad de comunicar directamente con una realidad sagrada”. Las lecturas de Ibn’ Arabí inspiraron su obra «Mares sin orillas», que se muestra en Patio de la Infanta. “Las iluminaciones de los místicos son como mares sin orillas, pero la orilla es el referente, donde plasmas tu experiencia”, explicó Rivera, y añadió: “cuando comunicas con algo que te sobrepasa tienes la necesidad de plasmarlo en la pintura, en la escritura…”
Yolanda Tabanera utiliza la práctica artística “como una oración, una especie de vibrar profundo”. Le gusta escuchar al material artístico, del que afirma que tiene un sentido mágico y espiritual capaz de trasladarla a otros lugares. Dice Yolanda que el arte debe indagar en las cuestiones internas de la humanidad, en lo profundamente humano y considera que ofrece la posibilidad de enriquecer esta realidad. «Peso precioso» es la obra que exhibe en Patio de la Infanta.
También el trabajo artístico de Esther Pizarro tiene como punto de partida la existencia humana. Las referencias filosóficas son clave en su proceso creativo y necesita leer mucho para crear. Cuenta que “el artista filtra la realidad a través de la mirada, ese es el centro del proceso creativo”. Observa puntos de energía que comunican a unos seres con otros y traza mapas invisibles de esos puntos y de las vías de comunicación entre ellos. Esos mapas pueden verse en la obra que Esther expone en “El eterno femenino”, «Doble identidad”.
El Arte y la Comunicación no se limitan a lo que nuestro cuerpo físico percibe por los cinco sentidos. Somos algo más que un cuerpo físico. Salir de los límites que impone lo material, transcenderlos hacia lo superior o hacia el interior, no solo nos hará más libres, sino que nos descubrirá la verdad.
Las artes, el silencio, la meditación, la oración son necesarias para mejorar nuestra capacidad de escuchar, de conocer, de abarcar y, por supuesto, de transmitir.
El psicólogo Abraham Maslow afirma en su obra “La personalidad creadora” que «la educación a través del Arte puede ser especialmente importante no tanto para producir artistas u objetos de Arte sino más bien para obtener personas mejores». Si educamos la Comunicación con materia artística, si introducimos en ella la inspiración, el espíritu y la belleza del Arte, la Comunicación se hará más pura, más sincera y, en consecuencia, más eficaz.
La Comunicación a escena
El Teatro contribuye poderosamente al crecimiento individual. Fomenta el respeto y la consideración hacia el trabajo de los demás; desarrolla la creatividad, la imaginación y la espontaneidad, la observación, la sensibilidad y la tolerancia, la empatía, el pensamiento divergente y la conciencia crítica.
Ser actor de teatro, pero también ser espectador, es un ejercicio de observación, de escucha, de respeto y de cooperación. Y si es esta una práctica muy recomendable para cualquier persona, lo es especialmente para quienes nos dedicamos a la Comunicación. Pese a que todas esas habilidades se nos presuponen, puesto que forman parte de la esencia de nuestro trabajo; por desgracia, no están demasiado extendidas y muchos confunden comunicar con informar, con defender, con vender… Y comunicar es mucho más: es conversar.
“Los hijos de Kennedy”, la obra que puede verse hasta el domingo en el Teatro Principal de Zaragoza, pone de manifiesto especialmente la función comunicadora del teatro. La obra que dirige Jose María Pou no es solo una exhibición del talento de cinco actores extraordinarios: Maribel Verdú, Ariadna Gil, Emma Suárez, Fernando Cayo y Álex Garcia; es también un reto para el espectador: el reto de escuchar a cinco personajes que uno a uno se dirigen a él y le cuentan su vida. Cinco vidas distintas; historias afectivas, historias de sueños y de decepciones.
El espectador tiene la posibilidad de ejercerse en empatizar con cada personaje. Comprender sus palabras pero también los sentimientos que las empujan y los que empujaron las acciones que se narran. El espectador tiene la oportunidad de inventar un vínculo entre ellas, de crear una sola historia con todas las que está escuchando, y de sentirse parte de esa conversación, de ese acto de comunicación artística que comienza en el momento en que se apagan las luces de la sala.
El Teatro posee una carga intelectual y afectiva importante, pero también la tiene la Comunicación, la buena comunicación. Cualquier forma Arte es una manera de comunicar y los comunicadores profesionales podemos aprender mucho de cada una de ellas. Del teatro, todo.
Una tarde en el parque de Huesca
El parque de Huesca es un espacio mágico donde suceden cosas extraordinarias. En raras ocasiones he salido de él sin una anécdota que contar (o que callar). Y pese a las numerosas y variadas veces que lo he recorrido, siempre que vuelvo a él se me antoja que es la primera. Tan es así que no recuerdo dónde se esconde cada rincón y siempre tengo que andar buscándolos: allí, el paseo de las pajaritas; allá, la rosaleda; ¿y el lago de los cisnes? ¿no estaba por aquí?
Los árboles del parque de Huesca guardan algunos de mis secretos íntimos; imágenes y palabras, ecos, canciones, románticos paseos, lecturas al atardecer, mojitos en una feria de las naciones, alguna rueda de prensa, confesiones, risas, amistad, amor. Entre sus viejos troncos, la felicidad adquiere una dimensión distinta, infinita.
A pesar de que el viento hacía la tarde bastante desapacible, estaba segura de que en el parque encontraríamos una tregua y podría cumplir con mi agenda del sábado: jugar, jugar, jugar, jugar… Deber este que solo puede tener un complemento que lo mejore: ¡con mi sobrino Pablo! Bien pertrechados para hacer frente al ventarrón, Mariano, Pablo y yo conseguimos llegar a nuestro destino entre bromas y juegos. Nada más pasar el arco de entrada, el ciclón se hizo céfiro y las horas comenzaron a transcurrir a un ritmo distinto: columpios, escondites, carreras, palos, piedras, agua, patos, ocas y dos preciosos cisnes negros de pico rojo con los que Pablo quedó fascinado. Una tarde inolvidable.
Se hace camino al andar
En mis paseos casi diarios me gusta observar las distintas vías de comunicación que se cruzan unas con otras o discurren paralelas: carreteras, paseos, caminos, sendas, puentes, escaleras (unas con barandilla y otras sin ella), el río, el canal, el cielo… Hay días en los que apenas me encuentro con nadie: algunos coches, algún avión, alguna bicicleta… Y hay otros en las que se me antoja que todos nos hemos puesto de acuerdo para salir a la misma hora y, por esas vías que otros días están vacías, circulan aviones, coches, autobuses escolares, bicis, patines…, excepto barcos. Barcos, ninguno. Ni por el río, ni por el canal. Entre los que vamos a pie, estamos los que caminamos deprisa, los que pasean despacio, los que van en bici, los que patinan, los que corren, los que se sientan en los bancos a beberse esos deliciosos rallos de sol de invierno… Algunos salen a pasear con paraguas (por si acaso) aunque solo se vea una nube allá a lo lejos, en el horizonte. Los hay que van tapados hasta las cejas y los hay que salen en manga corta. Unos van disfrutando del paseo y otros van pensando en la de cosas que tienen que hacer después, pero claro, ¿y la tensión? ¿y el colesterol? Lo primero es lo primero. Algunos van a pasear a los perros (uno, dos o incluso tres). ¿Se acuerdan de cuando les contaba que no podía adentrarme sola en los parques porque me daban miedo los perros? Algunos chicos se paran entre los árboles a hacer slackline. Una señora se detiene admirada ante un joven que hace equilibrios sobre la goma. Después de observarlo un rato, le dice: “¡No estás poco mejor aquí que en el ordenador!” El slackline, los bancos, los miradores, una fotografía o los besos (para los enamorados), son algunas excusas para detenerse. Algunas personas caminan en grupos o en pareja, y otros, solos. Unos saludan y otros, por el contrario, miran hacia el suelo o fijan la vista al frente cuando se cruzan con otros.
Es la vida. Para unos el sosiego de la vida, la pausa, el entreacto, el respiro. Para otros, el entrenamiento, los deberes del médico, o de uno mismo. Y luego están los que no han salido porque es invierno y hace frío. O porque tenían que trabajar (dichosos ellos en estos tiempos de crisis y paro).
A veces me da pereza salir y siempre encuentro distintas razones para no hacerlo; sin embargo, cuando las he desterrado todas me siento satisfecha. Será que, como dijo Alejandra Vallejo Nájera hace pocos días en Zaragoza, la satisfacción de la conquista existe, y nos motivamos con nuestros propios logros.
En cada paseo aprendo alguna cosa, y gracias a esas citas con la naturaleza y con los otros paseantes con quienes no hablo, he aprendido que, en ocasiones, los impulsos son más acertados que las decisiones (estas últimas seguramente me impedirían pasear gran parte de los días), que venciendo la pereza y el miedo se llega mucho más lejos, que si cambiamos las viejas rutas por otras nuevas descubrimos nuevas vistas, que un mismo camino se puede recorrer en sentidos distintos y si cambiamos el sentido descubrimos otro punto de vista.
He aprendido que puentear no tiene por qué ser siembre una falta de respeto, sino que es una necesidad cuando lo que pretende es saltar un obstáculo que te impide descubrir algo tan luminoso como la verdad. Y que para evitar ser puenteado es preciso ser transparente y noble, y saber alimentar esa verdad.
«La verdad es lo que es
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés»
(Antonio Machado)
Las fotos son de Mariano Gistaín.
Fiestas de Laluenga
Queridos amigos:
Esta noche comienzan las fiestas de invierno de mi queridísimo pueblo, Laluenga. Me parece una buena excusa para compartir con vosotros un vídeo de otras fiestas, las del pasado verano, y de paso, y de un modo muy aragonés, os presento a toda mi familia.
«Pétalos de luna» en el Paseo Independencia
Me ha hecho mucha ilusión encontrarme en el Paseo Independencia con un cartel en el que aparecía «Pétalos de Luna» como libro recomendado por Tagus.
Comparto con vosotros un fragmento de la novela en que el que se cita el paseo.














